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La novena cruzada templaria (1271-1272)

Lo que necesitas saber

  • Años: 1271-1272
  • Líder: el príncipe Eduardo de Inglaterra, futuro Eduardo I
  • Fuerzas: apenas un millar de hombres, muy por debajo de lo necesario
  • El momento clave: un asesino hashashin apuñala a Eduardo con una daga envenenada el 16 de junio de 1272
  • El mito: que su esposa Leonor de Castilla le salvó chupando el veneno — leyenda posterior, no en las crónicas contemporáneas
  • Resultado: tregua de Cesarea (10 años y 10 meses), mediada por Carlos de Anjou
  • Por qué se la llama "la última cruzada": es la última gran expedición organizada a Tierra Santa antes de la caída de Acre en 1291

mapa novena cruzada templaria

Una cruzada que nace de un plan que ya había fracasado

En 1268 el sultán mameluco Baibars conquista el Principado de Antioquía y reduce el Reino de Jerusalén a una franja costera entre Sidón y Acre. El rey de Inglaterra, Enrique III, llevaba años prometiendo una cruzada que su edad ya no le permitía liderar, así que delega en su hijo y heredero, el príncipe Eduardo. El plan inicial ni siquiera es una cruzada independiente: Eduardo pretende sumarse a la de Luis IX de Francia en Túnez, la misma que ya conoces por el artículo anterior de este silo. Cuando llega, el rey francés está muerto y el ejército se prepara para volver a casa. El plan original ya ha fracasado antes de empezar el suyo.

eduardo I en la novena cruzada

Eduardo pasa el invierno en Sicilia y cruza el Mediterráneo en la primavera de 1271, haciendo escala en Chipre antes de desembarcar en Acre el 9 de mayo de ese mismo año. Le acompaña su esposa Leonor de Castilla, y meses después un refuerzo al mando de su hermano Edmundo de Lancaster. También viaja con él un destacamento bretón y otro de los Países Bajos, comandado por el archidiácono de Lieja, Tedaldo Visconti —no «Juan de Flandes», como llegó a decir la versión anterior de este mismo artículo—. La cifra total de la expedición: apenas un millar de hombres. Para comparar, la Octava Cruzada de Luis IX había movilizado diez veces más, y tampoco le había bastado.

Aliados que no llegan y enemigos que sí: la cooperación mongola que decepcionó a Eduardo

Eduardo sabe que su fuerza es insuficiente para enfrentarse en solitario a Baibars, así que apuesta por dos bazas: reunir a los cristianos de Levante bajo un mando común y sellar una alianza con los mongoles del Ilkanato. Ninguna de las dos funciona como esperaba. 

Al llegar encuentra un Levante cruzado dividido por rencillas internas, vasallos del rey de Chipre enfrentados a su propio soberano, y un comercio floreciente entre genoveses y venecianos con el propio sultán —los primeros suministrándole madera y hierro, los segundos, esclavos—. La cristiandad de Oriente llevaba décadas comerciando con el enemigo que decía combatir.

La ayuda mongola tampoco llega a la escala prometida: cuando su embajada alcanza al ilkán Abaqa, el grueso de sus fuerzas está empantanado en campañas en Turquestán. Aun así, en octubre de 1271 unos diez mil jinetes mongoles cruzan la frontera, rodean Aintab y derrotan a las tropas turcomanas de Alepo. Es el único momento de la campaña en que algo sale bien para Eduardo, y no es mérito suyo: en cuanto Baibars reúne un ejército de refuerzo desde Egipto y marcha hacia el norte, los mongoles se repliegan sin combatir. La alianza con la que Eduardo contaba para compensar su debilidad numérica dura, en la práctica, unas semanas.

templarios en las cruzadas

Qaqun: el único ataque propio de Eduardo, y un fracaso

Mientras espera refuerzos que nunca llegan en la cantidad necesaria, Eduardo se limita a correrías fronterizas de escaso alcance. El intento más serio es un ataque a la fortaleza de Qaqun, en la llanura de Sharon, que bloqueaba su avance. La expedición, escasa de fuerzas incluso para ese objetivo menor, fracasa. Es el único movimiento ofensivo propio de toda la campaña, y sirve sobre todo para confirmar lo que ya se sabía desde que desembarcó con poco más de mil hombres: sin un ejército europeo mucho mayor detrás, no había manera de recuperar nada.

El Temple, en retirada, mientras Eduardo desembarca

Antes de que Eduardo pise Acre, el Temple ya lleva meses encajando la magnitud real de la situación que él se va a encontrar. El gran maestre, Thomas Bérard, llevaba tiempo escribiendo cartas a Enrique III describiendo el estado de Tierra Santa en términos nada triunfalistas. En febrero de 1271 —tres meses antes del desembarco de Eduardo— Bérard ordena la rendición de Chastel Blanc, la fortaleza templaria de Safita, y autoriza la retirada de la guarnición a Tortosa. Meses después caen Montfort, base de los caballeros teutónicos, y el Krak de los Caballeros, la gran fortaleza hospitalaria. No es una crisis que Eduardo llegue a resolver: es una retirada ya en marcha antes de que ponga un pie en Oriente.

Aun así, cuando desembarca, caballeros del Temple, del Hospital y de la Orden Teutónica se suman a sus fuerzas en Acre. Es la misma lógica operativa que ya viste en la Octava Cruzada: el Temple no aporta leyenda ni tesoros, aporta la infraestructura militar que sostiene lo poco que queda de la presencia cristiana en la región, mientras esa misma infraestructura se desmorona castillo a castillo.

El puñal envenenado: lo que de verdad estuvo a punto de cambiar la historia de Inglaterra

El 16 de junio de 1272, un hombre se presenta ante Eduardo en sus aposentos de Acre. Según el relato del Templario de Tiro, el asesino —un hashashin, miembro de la secta ismaelita que las crónicas cristianas y musulmanas asociaban con ataques selectivos contra figuras políticas— le apuñala en la cadera con una daga envenenada. Eduardo, herido, consigue reducirlo y matarlo con su propia arma. La herida no es mortal en el acto, pero el veneno lo mantiene gravemente enfermo durante meses.

Baibars sultan de egipto en la novena cruzadaLa autoría del ataque se atribuye a Baibars, que conocía la intención de Eduardo de volver en el futuro al frente de una cruzada mayor y mejor organizada: eliminarlo antes de que esa cruzada más peligrosa llegara a producirse. Es un dato que cambia el marco de toda la campaña. La Novena Cruzada no termina en una gran batalla ni en una victoria o derrota militar clara: termina con el futuro rey de Inglaterra convaleciente en una cama en Acre, más cerca de morir por una operación de inteligencia enemiga que por cualquier enfrentamiento en el campo.

La leyenda dice que su mujer le salvó chupando el veneno. No hay pruebas de eso

Si algo se recuerda de la Novena Cruzada es una imagen romántica: Leonor de Castilla, esposa del príncipe Eduardo de Inglaterra, succionando el veneno de la herida de su marido para salvarle la vida. Es la típica escena que sobrevive porque es bonita, no porque esté documentada. Las crónicas más cercanas a los hechos —el Templario de Tiro, uno de los relatos contemporáneos mejor informados sobre lo que ocurría en Acre en esos años— hablan de otra cosa: un cirujano inglés que corta la carne infectada alrededor de la herida. La versión de Leonor aparece más tarde, en crónicas posteriores, como una de varias versiones en circulación, no como el hecho establecido.

No es un matiz menor. Convertir la supervivencia de Eduardo en una escena de amor conyugal es mucho más vendible que admitir que un futuro rey de Inglaterra estuvo a punto de morir en una tienda de campaña en Oriente por una operación militar que nunca tuvo los recursos necesarios para lograr nada. Vamos a esa operación, porque el intento de asesinato es solo el final de una cadena de decisiones ya comprometidas desde el principio.

La tregua de Cesarea: Carlos de Anjou vuelve a aparecer, y con el mismo cálculo de siempre

Con Eduardo convaleciente y sin fuerzas suficientes para continuar, la campaña se cierra con una tregua firmada en Cesarea el 22 de mayo de 1272: diez años y diez meses de paz que protegen la estrecha franja costera entre Acre y Sidón que aún quedaba en manos cristianas. 

El acuerdo sale adelante porque conviene a las tres partes por motivos distintos: Eduardo sabe que seguir sin refuerzos no lleva a ningún sitio; Baibars prefiere esperar a que se disuelva la amenaza mongola antes de rematar lo que queda de los Estados cruzados; y el mediador de la tregua —Carlos de Anjou, el mismo hermano de Luis IX que un año antes había desviado la Octava Cruzada hacia Túnez por interés propio— prefiere mantener el Levante en manos cristianas, pero sin fortalecer demasiado a su rival, el rey Hugo III de Chipre y Jerusalén. Otra vez la misma lección: detrás de cada gesto piadoso hay un cálculo político que rara vez aparece en el sermón.

De príncipe herido a rey de Inglaterra: la cruzada que Eduardo abandona sin volver a ella

Eduardo tarda meses en recuperarse. No parte de vuelta hacia Europa hasta el 22 de septiembre de 1272. Para entonces su padre, Enrique III, ya había muerto, y Eduardo es rey de Inglaterra sin saberlo mientras convalecía en Oriente. No pisa Inglaterra hasta 1274, año en que por fin se corona. La cruzada de la que había prometido volver al frente —la que, según las crónicas, motivó el intento de asesinato— nunca llega a organizarse: como rey, Eduardo I dedica su reinado a Gales y Escocia, no a Tierra Santa.

la caida de acre

Por qué se la llama «la última cruzada»

La Novena Cruzada se considera habitualmente la última gran expedición cristiana organizada a Tierra Santa, aunque parte de la historiografía la trata casi como una prolongación de la Octava más que como una campaña independiente —Eduardo, al fin y al cabo, había salido originalmente para unirse a la de Luis IX—. Sea como se cuente, lo cierto es que después de 1272 no vuelve a reunirse un ejército europeo de ese tamaño con el objetivo explícito de defender el Reino de Jerusalén. La tregua de Cesarea compra una década de paz frágil. 

En 1291, con la amenaza mongola ya disuelta y sin ningún Eduardo convaleciente al que temer, Baibars —ya fallecido, pero su dinastía mameluca continuó su proyecto— y sus sucesores completan lo que el asesino de Acre no consiguió: la toma de Acre marca el final de doscientos años de presencia cristiana organizada en Oriente. El Temple, que había tenido en Acre su última gran base en la región, pierde con esa caída el terreno que llevaba dos siglos defendiendo.

la caida de acre

Cuando cae Acre, cae también la última gran base del Temple en Oriente.

Epílogo: el mismo relato, ochocientos años después

Carlos de Anjou vistió de piedad un cobro de deudas atrasado. Es el mismo mecanismo retórico que sigue funcionando ochocientos años después: la etiqueta de «choque de civilizaciones», que hoy aparece en debates sobre inmigración, terrorismo o política exterior, presenta como enfrentamiento religioso inevitable lo que casi siempre esconde un cálculo de poder —económico, electoral, geopolítico— con nombre y apellidos. No digo que la fe no importara en Túnez o en Acre, ni que no importe hoy para quien la vive de verdad. Digo que quienes deciden las guerras rara vez son quienes las combaten por fe, y que el relato religioso o civilizacional les resulta, en ambos casos, mucho más útil para movilizar que la contabilidad real de sus intereses.

Eso vale para Carlos de Anjou reclamando un tributo tunecino disfrazado de cruzada, para Baibars enviando un hashashin disfrazado de mensajero de confianza, y vale para cualquier discurso contemporáneo que convierte una negociación migratoria, un conflicto territorial o una campaña electoral en un enfrentamiento irreconciliable de bloques civilizacionales. La etiqueta simplifica; el poder que la usa casi nunca es tan simple. Esa distancia entre el relato que se predica y el cálculo que se ejecuta es lo que más me interesa como novelista, y es lo que exploro en La última guardia: las cruzadas no como choque de fes, sino como lo que casi siempre fueron —hombres con intereses muy concretos, usando la fe de otros hombres para conseguirlos.

La última guardia: redención y secretos de un templario

En La última guardia reconstruyo, desde mi propia formación en inteligencia y criminología, lo que la Orden del Temple vivió cuando ese mundo se derrumbó. La novela del Temple sin mitos.

Preguntas frecuentes sobre la Novena Cruzada

¿Quién dirigió la Novena Cruzada?
El príncipe Eduardo de Inglaterra, futuro Eduardo I, con un contingente de apenas un millar de hombres.

¿Es lo mismo que la Octava Cruzada?
No exactamente, aunque están muy conectadas: Eduardo partió originalmente para unirse a la Octava Cruzada de Luis IX en Túnez. Cuando llegó, el rey francés ya había muerto, así que continuó solo hacia Tierra Santa como una campaña independiente que la historiografía trata como Novena Cruzada, aunque en ocasiones se agrupan como una sola.

¿Es verdad que Leonor de Castilla le salvó la vida a Eduardo chupando el veneno de su herida?
Es una leyenda posterior sin respaldo en las crónicas contemporáneas más fiables. El relato más cercano a los hechos, el del Templario de Tiro, habla de un cirujano inglés que cortó la carne infectada alrededor de la herida.

¿Quién intentó asesinar a Eduardo I y por qué?
Un hashashin le apuñaló con una daga envenenada el 16 de junio de 1272 en Acre. Las crónicas atribuyen la orden al sultán Baibars, que buscaba eliminar a Eduardo antes de que este pudiera organizar en el futuro una cruzada mayor.

¿Cómo terminó la Novena Cruzada?
Con la tregua de Cesarea, firmada el 22 de mayo de 1272: diez años y diez meses de paz, mediada por Carlos de Anjou, que protegía la franja costera entre Acre y Sidón.

¿Por qué se considera la última cruzada?
Porque fue la última gran expedición cristiana organizada a Tierra Santa antes de la caída definitiva de Acre en 1291, que puso fin a doscientos años de presencia cruzada en Oriente.

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