En este momento estás viendo La quinta cruzada templaria (1217-1221)

La quinta cruzada templaria (1217-1221)

Lo que necesitas saber

La Quinta Cruzada (1217-1221) no atacó Jerusalén: atacó Egipto, porque quien controlara el Nilo controlaría el precio de Tierra Santa. Y estuvo a punto de ganar sin combatir: el sultán Al-Kamil ofreció devolver Jerusalén a cambio de Damieta, y el legado papal Pelagio lo rechazó dos veces. No la hundió una gran batalla —la famosa Mansura es de 1250 y pertenece a otra cruzada— sino la crecida del Nilo, que Al-Kamil provocó abriendo las esclusas para atrapar al ejército cruzado. Diez años después, ese mismo sultán entregó Jerusalén a Federico II con una simple firma. Lo tuvieron todo y volvieron sin nada.

.

Hay una pregunta incómoda que la mayoría de los relatos sobre la Quinta Cruzada evita: si el objetivo era recuperar Jerusalén, ¿por qué los cruzados rechazaron Jerusalén cuando se la ofrecieron en bandeja? Porque eso fue exactamente lo que ocurrió. Entre 1217 y 1221, el ejército cristiano tuvo la Ciudad Santa al alcance de una firma y prefirió apostarlo todo a una conquista militar que terminó ahogada, literalmente, en el barro del delta del Nilo.

Esa paradoja —y no el listado de fechas y batallas— es lo que convierte a la Quinta Cruzada en el episodio más revelador de todo el ciclo cruzado. Es la campaña donde se ve con más crudeza que las guerras de Tierra Santa no las decidían la fe ni el valor, sino la logística, la política vaticana y la geografía. Vamos a contarla como fue, corrigiendo de paso los errores que se repiten de web en web.

mapa de la quinta cruzada

Por qué la cruzada de Jerusalén empezó atacando Egipto

La lógica parece contradictoria hasta que se mira el mapa del poder. Tras la derrota de Hattin (1187) y la pérdida de Jerusalén ante Saladino, los estrategas cristianos habían sacado una conclusión fría: atacar Jerusalén de frente era inútil mientras Egipto siguiera siendo la retaguardia inagotable del enemigo. El sultanato ayubí sacaba de Egipto su dinero, su grano y sus ejércitos. Quien controlara el delta del Nilo controlaría el precio de Tierra Santa.

mapa quinta cruzada en egiptoDe ahí el plan: tomar Damieta, la gran fortaleza que guardaba la desembocadura oriental del Nilo, y usarla como moneda de cambio o como trampolín hacia El Cairo. No era fanatismo ciego; era una jugada de ajedrez geopolítico. El problema, como veremos, es que los cruzados ganaron la apertura y perdieron el final por no saber cuándo aceptar tablas ventajosas.

Una cruzada de reyes que se fueron: el problema del mando

Sobre el papel, la Quinta Cruzada reunió a una nómina impresionante. En la práctica, ahí estaba su defecto de fábrica: nunca tuvo un jefe único, y ninguno de sus grandes nombres se quedó hasta el final.

Andres II de Hungría

Rey Andrés II de Hungria

Andrés II de Hungría llegó en 1217 con el contingente más numeroso y se marchó en febrero de 1218, tras unas campañas inconcluyentes en Palestina y antes de que empezara siquiera el asedio de Damieta. Conviene subrayarlo porque se repite mucho lo contrario: Andrés II no dirigió la toma de Damieta, ya estaba de vuelta en Hungría. Volvió además arruinado por la expedición, con una deuda que le obligó a subir impuestos y devaluar la moneda, y que acabó desembocando en la Bula de Oro de 1222.

Leopoldo VI de Austria

Duque Leopoldo IV de austria

Leopoldo VI de Austria aguantó más: se quedó para el asedio, pero también regresó a Europa en 1219, antes de que la ciudad cayera. Juan de Brienne, rey titular de Jerusalén, era el jefe militar natural de la empresa, pero se ausentó en 1220 para atender sus intereses dinásticos y volvió solo para el desenlace de 1221.

¿Quién era entonces la única autoridad constante durante los cuatro años? Pelagio de Albano, el legado papal, que llegó en septiembre de 1218 y no se movió. Un clérigo sin experiencia militar acabó dirigiendo de facto la campaña, no porque nadie lo eligiera, sino porque fue el único que no se fue a casa. Ahí está el germen de todo lo que vino después.

El enemigo invisible: la epidemia que casi vacía el campamento cruzado

La imagen romántica del asedio es la del choque de armas al pie de la muralla. La realidad de Damieta fue mucho más sórdida. El asedio se alargó quince meses (1218-1219) y lo que de verdad decidió su suerte no fueron las máquinas de guerra, sino el hambre y la enfermedad, en ambos lados de la muralla.

En el invierno de 1218-1219, una epidemia —probablemente una combinación de escorbuto y disentería agravada por el fango del delta— arrasó el campamento cristiano. Las crónicas hablan de una mortandad que se llevó a una parte enorme del ejército sitiador antes de disparar una sola flecha decisiva. Entre las víctimas estuvo el propio gran maestre del Temple, Guillaume de Chartres, que murió allí sin caer en combate. Cuando Damieta cayó por fin, en noviembre de 1219, los cruzados encontraron una ciudad fantasma: de sus decenas de miles de habitantes sobrevivían apenas unos pocos miles, diezmados por el mismo asedio que los había aislado. Fue una victoria más parecida a ocupar un cementerio que a tomar una plaza. Ese detalle —el ejército vencedor tan debilitado como el vencido— explica por qué la campaña ya venía tocada antes incluso de la gran decisión que la hundiría.

El error que repiten casi todas las webs: la «batalla de Mansura» de 1219 no existió

Hay una precisión cronológica que conviene hacer antes de seguir, porque cambia el sentido de todo el relato. En Mansura ocurrieron dos episodios distintos, separados por treinta años, y es fácil fundirlos en uno solo.

La batalla de Mansura célebre —la del combate casa por casa, la de la matanza de templarios, la del rey capturado— es de febrero de 1250 y pertenece a la Séptima Cruzada, la de Luis IX de Francia. No tiene nada que ver con la campaña que nos ocupa. Cuando se leen relatos de la Quinta Cruzada que sitúan una gran derrota en Mansura en 1219, se está mezclando la cronología de dos expediciones diferentes.

Lo que ocurrió en Mansura durante la Quinta Cruzada fue en 1221, y no fue una batalla campal: el ejército cruzado avanzó hacia El Cairo, quedó aislado entre dos brazos del Nilo y acabó rindiéndose sin que llegara a librarse un gran combate. No lo derrotó un ejército, lo derrotó la crecida del río —veremos cómo más adelante—. La distinción importa porque cambia la explicación del fracaso: no fue una derrota táctica, fue una trampa geográfica.

La gran paradoja: la cruzada que rechazó Jerusalén

Aquí está el corazón de la historia. Tras casi año y medio de asedio brutal, Damieta cayó en noviembre de 1219. Los cruzados tenían por fin su ficha de negociación. Y Al-Kamil, sultán de Egipto, movió de forma que ningún relato heroico esperaría: ofreció devolver Jerusalén, junto con buena parte del antiguo Reino cristiano y la Vera Cruz, a cambio de que los cruzados abandonaran Damieta y Egipto.

Al-Kamil no lo hizo por generosidad. Lo hizo porque Egipto le importaba infinitamente más que una Jerusalén sin apenas valor militar y difícil de defender. Estaba dispuesto a canjear el símbolo por el activo estratégico. Para los cruzados era el mejor acuerdo imaginable: recuperaban el objetivo declarado de la cruzada sin arriesgar un solo hombre más.

Lo rechazaron. Dos veces.

La decisión recayó en Pelagio de Albano, el legado papal que se había impuesto como autoridad suprema de la cruzada por encima de los líderes militares. Pelagio desconfiaba de la oferta, la consideraba una trampa y creía que Egipto entero estaba maduro para caer. Preferió la conquista total al pacto. Es la clave que el relato tradicional esconde: la Quinta Cruzada no fracasó por falta de fe ni de valor, sino por un exceso de ambición y por un error de mando civil-religioso

Juan de Brienne rey de Jerusalem

Y la ironía es total: quien defendía aceptar el trato era Juan de Brienne, rey titular de Jerusalén y jefe militar de la expedición. Es decir, el hombre que más ganaba recuperando la ciudad —su propia capital— fue desautorizado por un clérigo que nunca había mandado un ejército.

Los verdaderos maestres templarios de la Quinta Cruzada

Como la Orden del Temple estuvo presente en todo momento —y es el hilo que nos interesa aquí—, conviene precisar quién la mandaba realmente, porque es fácil confundirse con los nombres.

Hermann von salza caballero templario

El caso más comprensible es el de Hermann von Salza. A veces se le cita como maestre templario, y se entiende por qué: estuvo en todas las fases de la Quinta Cruzada —Acre, la torre de la cadena, el asedio de Damieta, las negociaciones finales— y fue una de las figuras decisivas de la campaña. Pero era el gran maestre de la Orden Teutónica, no del Temple; una orden hermana, no la misma. También aparecen a veces los nombres de Armand de Périgord y Robert de Sablé, pero ninguno encaja en la cronología: Périgord fue elegido maestre en 1232, once años después del final de la cruzada; Sablé lo fue en 1191-1193, durante la Tercera. Ninguno mandó a los templarios en Egipto.

Los maestres reales fueron dos. Guillaume de Chartres, que dirigió el Temple desde 1210 y murió en el propio campamento de Damieta en 1218-1219, no en combate, sino por la epidemia que diezmó al ejército sitiador tanto como las flechas enemigas. Le sucedió Pedro de Montaigu, cuya familia controló a la vez el Temple y el Hospital —caso único en la historia— y que se opuso a las condiciones de la rendición final. Los templarios cubrieron la retaguardia en la retirada de 1221 y sostuvieron el grueso de los combates de contención; su disciplina fue de lo poco que funcionó en una campaña mal dirigida desde arriba.

Por qué fracasó de verdad: el Nilo, no la espada

En julio de 1221, con Damieta en su poder pero sin acuerdo, Pelagio ordenó por fin el avance hacia El Cairo. El ejército marchó Nilo arriba en el peor momento posible: las vísperas de la crecida anual. Cualquier campesino egipcio se lo podría haber advertido; los cruzados lo ignoraron.

Al-Kamil Sultán de Egipto

Al-Kamil no necesitó una batalla decisiva. Dejó que el ejército cristiano se internara hasta la altura de Mansura, cortó con su flota la línea de comunicación de vuelta a Damieta y, cuando los tuvo embolsados entre dos brazos del río, abrió las esclusas del Nilo. La llanura se convirtió en una ciénaga. Los cruzados, incapaces de avanzar, retroceder o combatir sobre el fango, quedaron a merced del sultán.

El 28 de agosto de 1221, Pelagio pidió la paz. Las condiciones fueron humillantes: entregar Damieta —lo que dos años antes les había costado quince meses de asedio y miles de muertos—, retirarse de Egipto y aceptar una tregua de ocho años. La cruzada que había rechazado Jerusalén volvía a casa sin Jerusalén y sin Damieta. El símbolo perfecto de la campaña: lo tuvieron todo y no se quedaron con nada.

Francisco de Asís en Damieta: el santo que buscaba morir y el sultán que no se lo permitió

san francisco de asis en la quinta cruzada En medio del asedio ocurrió un episodio que suele contarse mal, y cuya versión real es mucho más interesante que la leyenda. En 1219, Francisco de Asís cruzó las líneas cristianas y se presentó desarmado ante Al-Kamil.

El hecho está fuera de duda: lo relata Jacques de Vitry, obispo de Acre, que estaba en el campamento cruzado, en un texto de 1220. Es decir, un testigo contemporáneo, presencial y ajeno a la orden franciscana. Poco material medieval tiene un respaldo tan sólido.

Lo que sí conviene corregir es el motivo. La imagen popular presenta a Francisco como un precursor del diálogo interreligioso que fue a predicar la paz. Los especialistas coinciden en que eso es una lectura moderna proyectada hacia atrás. Francisco iba a convertir al sultán o a morir mártir; esperaba de hecho que lo ejecutaran y consideraba esa muerte una victoria. No era un mediador: era un hombre buscando el martirio. (La supuesta conversión de Al-Kamil que a veces se añade es aún más tardía: aparece por primera vez en un sermón de 1267, casi cincuenta años después.)

Y aquí está el giro que hace grande la escena. El gesto admirable no fue del santo, sino del sultán. Al-Kamil tenía delante a un enemigo indefenso que le pedía el martirio, en plena guerra, y se negó a dárselo: lo escuchó, lo alimentó y lo devolvió sano y salvo a sus líneas. Es exactamente el mismo hombre que poco después ofrecería Jerusalén a cambio de paz. Mientras el mando cruzado solo concebía la conquista total, el enemigo al que combatían demostraba, una y otra vez, que prefería negociar antes que matar.

El desenlace más amargo: diez años después, el mismo sultán entregó Jerusalén

Si algo demuestra que la Quinta Cruzada fue una oportunidad tirada por la borda, es lo que ocurrió una década más tarde. En 1229, durante la Sexta Cruzada, el emperador Federico II obtuvo Jerusalén. No la conquistó: la negoció. Y la negoció con el mismo Al-Kamil que en 1219 se la había ofrecido a Pelagio.

Por el Tratado de Jaffa, firmado el 18 de febrero de 1229, Al-Kamil devolvió Jerusalén —junto con Belén, Nazaret y un corredor hasta la costa— a cambio de una tregua. Sin apenas un ejército, sin un asedio, sin sangre. Federico II consiguió con una firma exactamente lo que la Quinta Cruzada había rechazado con desprecio diez años antes, teniendo un ejército entero sobre el terreno y la misma oferta encima de la mesa. La diferencia entre las dos campañas no fue militar: fue de criterio. Una entendió que en Oriente la diplomacia valía más que la espada; la otra prefirió ahogarse en el Nilo antes que estrechar una mano. Pocas veces la historia ofrece un experimento tan limpio sobre el coste de la soberbia.

Qué nos enseña la Quinta Cruzada

La Quinta Cruzada es la más instructiva de todas precisamente porque no la decidió lo que solemos imaginar. No ganó ni perdió la fe, ni el heroísmo, ni la fuerza de las armas. La perdieron una cadena de mando dividida, un legado papal que confundió la ambición con la estrategia, y un sultán que entendió que el terreno —el gran río de Egipto— valía más que cualquier ejército. Fue una derrota logística y política disfrazada de tragedia religiosa.

Para los templarios fue, además, un anticipo amargo de lo que vendría: una orden militarmente impecable, capaz de sostener la retaguardia en un desastre ajeno, subordinada una y otra vez a decisiones que no tomaba y que la conducían al matadero. Esa tensión entre el soldado disciplinado y el mando que lo malgasta es el alma de la historia templaria, y es la que late en mi novela La última guardia, donde esa lealtad callada frente a un poder que no la merece se convierte en el eje de todo.


Llévate los tres primeros capítulos de La última Guardia

Monzón, 1309. La Orden del Temple se desmorona y un caballero-monje se enfrenta a su última guardia. Te envío gratis los tres primeros capítulos en PDF —historia real, sin mitos— para que entres en la novela antes de decidir.




















Thank you!

You have successfully joined our subscriber list.

Preguntas frecuentes sobre la Quinta Cruzada

¿Por qué la Quinta Cruzada atacó Egipto en lugar de Jerusalén?

Porque Egipto era el centro de poder económico y militar de la dinastía ayubí. Tomar Damieta y amenazar El Cairo daba a los cruzados la fuerza necesaria para negociar Jerusalén, en lugar de atacar directamente una ciudad difícil de defender rodeada de territorio enemigo.

¿Es verdad que ofrecieron devolver Jerusalén a los cruzados?

Sí. El sultán Al-Kamil ofreció Jerusalén, buena parte del antiguo Reino cristiano y la Vera Cruz a cambio de que los cruzados abandonaran Damieta. El legado papal Pelagio de Albano rechazó la oferta en dos ocasiones, convencido de que podía conquistar todo Egipto.

¿Hubo una batalla de Mansura en la Quinta Cruzada?

No como suele contarse. La batalla de Mansura famosa, con combates casa por casa y matanza de templarios, es de 1250 y pertenece a la Séptima Cruzada. En 1221 los cruzados no libraron un gran combate cerca de Mansura: quedaron atrapados por la crecida del Nilo y tuvieron que rendirse.

¿Quién dirigió realmente la Quinta Cruzada?

Ninguno de los reyes participantes se quedó hasta el final. Andrés II de Hungría se marchó en febrero de 1218, Leopoldo VI de Austria en 1219 y Juan de Brienne se ausentó en 1220. El mando de facto acabó en manos de Pelagio de Albano, el legado papal, por ser el único que permaneció los cuatro años.

¿Quiénes fueron los maestres templarios durante la Quinta Cruzada?

Guillaume de Chartres, que murió de enfermedad en el campamento de Damieta hacia 1218-1219, y su sucesor Pedro de Montaigu, que se opuso a las condiciones de la rendición final. Hermann von Salza, que a veces se cita, era gran maestre de la Orden Teutónica, no del Temple.

¿Cuándo recuperaron finalmente los cristianos Jerusalén?

Diez años después, en 1229, durante la Sexta Cruzada. Federico II la obtuvo sin combatir mediante el Tratado de Jaffa, negociado con el mismo Al-Kamil que se la había ofrecido a Pelagio en 1219.

1. La Primera Cruzada templaria (1096-1099)
2. La Segunda Cruzada templaria (1147-1149)
3. La Tercera Cruzada templaria (1189-1192)
4. La Cuarta Cruzada templaria (1202-1204) 
5. La Quinta Cruzada templaria (1217-1221)
6. La Sexta Cruzada templaria (1228-1229)
7. La Séptima Cruzada templaria (1248-1254)
8. La Octava Cruzada templaria (1270)
9. La Novena Cruzada templaria (1271-1272)

Deja una respuesta