Lo que necesitas saber
- Año: 1270
- Líder: Luis IX de Francia (San Luis), el mismo rey de la Séptima Cruzada
- Objetivo oficial: Túnez, no Jerusalén ni Egipto
- Quién impuso el cambio de rumbo: Carlos de Anjou, hermano del rey
- Causa de muerte del rey: disentería (las crónicas dicen "peste", la historiografía moderna lo desmiente)
- Resultado: fracaso militar, muerte del rey y de su hijo, Tratado de Túnez, retirada
- Cruzada siguiente: la Novena (1271-1272), liderada por el futuro Eduardo I de Inglaterra

Si buscas «octava cruzada» en Google, la Wikipedia en español te dirá en el cuerpo del artículo que Luis IX murió de peste durante el asedio de Túnez. Es lo que repiten los resúmenes escolares, los blogs de divulgación y, por supuesto, cualquier IA Overview que resuma lo que ya está escrito. Lo curioso es que la propia Wikipedia se desmiente a sí misma en la nota a pie de página número 15, donde reconoce, citando al medievalista Jean Richard, que «es más probable que se tratara de disentería». Nadie lee las notas a pie de página. Yo sí, porque es el oficio que tenía antes de escribir novelas: contrastar la fuente primaria con el relato que se ha ido repitiendo por inercia hasta convertirse en verdad oficial.
Esa diferencia entre «peste» y «disentería» no es un matiz de anticuario. Es la diferencia entre imaginar al rey de Francia muriendo en una epidemia bíblica, imposible de prevenir, y la realidad mucho más incómoda: un ejército acampado sin agua potable, en pleno verano magrebí, muriendo de una infección intestinal por una decisión estratégica que ya era discutible antes de que nadie enfermara. Vamos a esa decisión, porque es la clave de toda la campaña.
Una cruzada que iba a Jerusalén y acabó en Túnez
La Octava Cruzada nace de una lógica razonable. Dieciséis años antes, Luis IX había protagonizado la Séptima Cruzada, terminada en desastre en Mansura y en un rescate pagado para liberar al propio rey. Desde entonces, el sultán mameluco Baibars había ido desmontando lo que quedaba de los Estados cruzados de Oriente: Nazaret, Haifa, Jaffa, Antioquía, caían una tras otra. Luis, que llevaba años financiando en la sombra a los francos de ultramar y que había impuesto a su reino un impuesto extraordinario de cinco años para sostenerlos, anuncia en 1267 que toma de nuevo la cruz. El plan que se predica por toda Europa es el de siempre: atacar primero en el norte de África, y desde ahí presionar Egipto o negociar la devolución de Jerusalén.
La flota de Luis IX zarpa de Aigues-Mortes el 2 de julio de 1270: 39 navíos —19 genoveses y 20 marselleses— para una hueste estimada en unos 10.000 hombres, con la casa real del rey (347 caballeros) al frente. Es un ejército más pequeño que el de la Séptima Cruzada, dato que ya dice algo sobre el entusiasmo real que despertaba esta segunda aventura. Con Luis IX embarcan sus tres hijos supervivientes —Felipe, Juan Tristán y Pedro— y su sobrino Roberto II de Artois. Al día siguiente zarpa de Marsella una segunda flota, la de su yerno Teobaldo II de Navarra, que se unirá a la principal en Cagliari.
Y aquí llega el primer dato que ningún resumen escolar te cuenta con la importancia que tiene: mientras la flota hace escala en Cagliari, el 13 de julio, Luis IX anuncia que el primer objetivo ya no es Egipto ni Jerusalén, sino Túnez. La cruzada cambia de destino con el ejército ya embarcado y en el mar —con el rey y sus tres hijos a bordo—. Eso no es un ajuste táctico. Es la señal de que alguien, dentro del círculo del rey, había ganado una discusión que no aparece en los sermones ni en las crónicas piadosas.
El señuelo del emir que nunca pensó convertirse
La justificación que se dio a los cruzados —y la que sigue repitiéndose como motivo oficial— es que el emir hafsí de Túnez estaba dispuesto a convertirse al cristianismo si veía respaldo militar cristiano frente a su propio pueblo. Es una historia perfecta para predicar desde un púlpito: no hace falta conquistar, basta con acompañar una conversión. Sabemos que en el otoño de 1269 una embajada tunecina había llegado a la corte francesa. No sabemos qué se negoció realmente en esas conversaciones, y ese vacío documental es, en sí mismo, revelador.
Lo que sí sabemos es cómo terminó la historia: en cuanto los cruzados desembarcaron y tomaron posiciones frente a la ciudad, el sultán no mostró la menor intención de convertirse. Se atrincheró y pidió ayuda a los propios mamelucos, el enemigo que la cruzada decía combatir. Si el objetivo real hubiera sido una conversión pacífica respaldada por la fuerza, el desenlace lógico habría sido justo el contrario. Lo que tenemos documentado es la estructura clásica de una operación de desinformación: una promesa diseñada para justificar un desvío de recursos militares hacia un objetivo que interesaba a otra parte.
Carlos de Anjou: la cruzada que arreglaba su contabilidad, no la de Dios
Esa otra parte tiene nombre: Carlos de Anjou, hermano del rey y, desde 1266, rey de Sicilia tras derrotar a los Hohenstaufen, la dinastía de origen alemán que llevaba décadas gobernando Sicilia y el sur de Italia y a la que el papado, enfrentado a ella por el control de esos territorios, había ido a buscar precisamente a Carlos para desbancar por las armas. Los «gibelinos» de los que hablo más abajo son sus partidarios: la facción italiana que, en la larga guerra entre papado e imperio, apoyaba al emperador y a esta dinastía frente al bando «güelfo», afín al papa y a los Anjou.
Carlos tenía con Túnez una cuenta pendiente muy poco espiritual. El sultanato hafsí había dado refugio a los exiliados gibelinos —los partidarios de los Hohenstaufen derrotados por Carlos en Sicilia— y, sobre todo, había dejado de pagar el tributo que antes abonaba al reino de Sicilia mientras esa dinastía estaba en el poder. Desviar la cruzada a Túnez resolvía dos problemas a la vez: expulsaba a sus enemigos políticos de la corte tunecina y reactivaba un cobro que llevaba años impagado.
Hay un detalle que la historiografía discute poco pero que, desde el oficio de leer intenciones detrás de los movimientos, resulta bastante elocuente: si Carlos hubiera antepuesto de verdad la cruzada de su hermano a sus propios intereses en el Mediterráneo oriental —tenía entonces una flota reunida para intervenir en el Despotado de Morea contra Bizancio—, la escala lógica de la expedición habría sido Sicilia. No lo fue: la flota hizo escala en Cerdeña. Carlos ayudó a la cruzada con suministros, pero sin desviarse él mismo de su propio proyecto bizantino hasta el último momento. La cruzada de Túnez, para Carlos, no era el fin. Era un medio que además le salía gratis, pagado con la piedad de su hermano y la sangre de sus caballeros.
El cerco de Cartago: agua contaminada, calor y una enfermedad mal diagnosticada durante 750 años
El desembarco, el 18 de julio de 1270, va bien: el efecto sorpresa permite tomar las fortificaciones del puerto y cortar el suministro a la ciudad. A partir de ahí, todo se tuerce por un motivo que se repite en casi todos los desastres militares medievales en clima cálido: el agua. El campamento cruzado, instalado en la llanura de Cartago, no consigue asegurar un suministro fiable de agua potable. La ola de calor del verano magrebí hace el resto. El comandante del Temple comunica que Carlos de Anjou está a punto de llegar con refuerzos, y Luis IX decide esperarlo antes de lanzar el asalto definitivo a la ciudad. Esa espera, militarmente prudente, es también el tiempo que la enfermedad necesita para propagarse por el campamento.
El 2 de agosto muere Juan Tristán, uno de los hijos del rey. El 25 de agosto, un día después de que por fin atraque la flota de Carlos de Anjou, muere el propio Luis IX. Sus otros dos hijos, Felipe y Pedro, quedan gravemente enfermos. El nuevo rey, Felipe III, hereda la corona con disentería y sin capacidad real de mando, así que es Carlos quien asume el control operativo de lo que queda de campaña.
¿Peste o disentería? Por qué la distinción importa
Las crónicas de la época usan la palabra «peste» de forma genérica, como cajón de sastre para cualquier epidemia rápida y letal, no como el nombre de una enfermedad concreta. Es un uso medieval del término, no un diagnóstico. Cuando la historiografía moderna —Jean Richard entre los más citados— revisa la progresión de los síntomas, la coincidencia con el brote de disentería que ya había sufrido el propio Luis IX en su primera cruzada (entonces sobrevivió; en Túnez, no) y el contexto de agua contaminada y hacinamiento, la conclusión es mucho más prosaica que una plaga bíblica: disentería, agravada por deshidratación y por un cuerpo que, con 56 años y una salud frágil ya conocida por el papa Clemente IV antes de aprobar la expedición, no estaba en condiciones de resistir un segundo episodio.
Llamarlo «peste» traslada la muerte de Luis IX al terreno de la fatalidad inevitable. Llamarlo «disentería por fallo de suministro de agua en un asedio mal planteado» la traslada al terreno de la responsabilidad de mando. Esa es, exactamente, la diferencia entre la crónica devota y el análisis documentado.
El Temple en Túnez: la orden que avisó, y el cronista que se negó a ir
El papel del Temple en esta cruzada no es el de las leyendas posteriores sobre tesoros y sociedades secretas, sino algo más discreto y más real: función de enlace y coordinación militar. Es el propio comandante del Temple quien informa al campamento cruzado de la inminente llegada de la flota de Carlos de Anjou, un dato operativo que condiciona directamente la decisión de Luis IX de retrasar el asalto final a la ciudad. No hay grial, no hay tesoro escondido, hay una orden militar haciendo el trabajo de inteligencia y logística para el que fue diseñada.
Hay un segundo dato, menos citado, que a mí me parece más revelador todavía: Jean de Joinville, el cronista y compañero de armas de Luis IX cuyo testimonio es la fuente principal para reconstruir la Séptima Cruzada con detalle de primera mano, se negó a acompañar al rey a Túnez. Es la razón por la que el relato de la Octava Cruzada que ha llegado hasta nosotros es mucho más pobre y de segunda mano que el de la Séptima. Un cronista que decide no subirse al barco no es una anécdota: es una opinión, tomada en 1270, sobre las probabilidades de éxito de la empresa. La ausencia de la mejor pluma disponible en la corte de Luis IX dice, sobre esta cruzada, casi tanto como lo que sí quedó escrito.
El Tratado de Túnez: quién cobró de verdad
Tras la muerte del rey, Carlos de Anjou negocia el final de la campaña con el sultán, cuyo propio ejército también estaba diezmado por la epidemia. El acuerdo, cerrado hacia el 30 de octubre de 1270, incluye una indemnización de 210.000 onzas de oro, la reanudación del tributo del sultanato hafsí al reino de Sicilia, la expulsión de los exiliados gibelinos de la corte tunecina y garantías de culto y comercio para los cristianos. A cambio, el ejército cruzado evacúa Túnez dejando atrás su maquinaria de asedio.
Léelo de nuevo con atención: tributo a Sicilia, expulsión de enemigos políticos de Carlos, indemnización que Carlos administra. El único actor que sale de Túnez con exactamente lo que había ido a buscar es Carlos de Anjou. Ni Jerusalén, ni la conversión del emir, ni el alivio para los Estados cruzados de Oriente, que seguían cayendo ante Baibars mientras el ejército más grande reunido en años se dedicaba a sitiar una ciudad que no amenazaba a nadie en Tierra Santa.
La tormenta de Trápani: el epílogo que nadie cuenta
El 10 de noviembre de 1270 llega por fin a Túnez el príncipe Eduardo de Inglaterra, el futuro Eduardo I, con su reducido contingente. Encuentra la paz ya firmada y decide no regresar a casa: continuará solo hacia Tierra Santa, en lo que se conocerá como la Novena Cruzada. El resto del ejército embarca el 11 de noviembre rumbo a Sicilia. Llega a Trápani el 14. En la noche del 15 al 16, una tormenta hunde unos cuarenta barcos. La retirada de una cruzada que ya era un fracaso militar termina, además, en catástrofe naval. Los supervivientes acuerdan preparar una nueva expedición que nunca llegará a organizarse.
De la octava a la novena: el mismo rey, el mismo patrón
Aquí está la respuesta a una pregunta que mucha gente busca y que casi nadie contesta de forma directa: ¿qué rey organizó la séptima y la octava cruzada? El mismo, Luis IX de Francia. Dos expediciones, dieciséis años de diferencia, dos fracasos militares y, en el segundo caso, la propia muerte del monarca. La Novena Cruzada (1271-1272), liderada por Eduardo I, es en la práctica una coda del mismo desastre estructural: recursos insuficientes, objetivos desviados por intereses ajenos a Tierra Santa y un Oriente cruzado que en 1291, con la caída de Acre, dejará de existir.
Luis IX fue canonizado en 1297. Un fracaso militar y estratégico, con un rey muerto de disentería por una decisión que benefició a su hermano más que a la cristiandad de Oriente, se convirtió con el tiempo en un triunfo espiritual. Esa capacidad de convertir el fracaso documentado en relato edificante no es exclusiva del siglo XIII. Es, de hecho, el mecanismo que más me interesa como novelista: la distancia entre lo que ocurrió sobre el terreno y lo que la institución —religiosa, política o editorial— decide contar después.
Y para terminar, la crónica oficial nunca cuenta lo que pasó de verdad en el Temple: en mi novela La última guardia reconstruyo, desde mi propia formación en inteligencia y criminología, lo que las crónicas piadosas de la Orden del Temple dejaron fuera. La novela del Temple sin mitos.
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Preguntas frecuentes sobre la Octava Cruzada
¿Quién dirigió la Octava Cruzada?
Luis IX de Francia, San Luis, el mismo rey que había dirigido la Séptima Cruzada dieciséis años antes.
¿Por qué la Octava Cruzada fue a Túnez y no a Jerusalén?
El objetivo original era aliviar la presión del sultán mameluco Baibars sobre los Estados cruzados de Oriente. Carlos de Anjou, hermano del rey, consiguió desviar la expedición a Túnez con el pretexto de una supuesta conversión del emir al cristianismo. Sus intereses reales eran financieros y dinásticos: un tributo impagado y la expulsión de sus rivales políticos exiliados en la corte tunecina.
¿De qué murió Luis IX en la Octava Cruzada?
Murió el 25 de agosto de 1270 durante el asedio de Cartago. Las crónicas de la época hablan de "peste", pero la historiografía moderna (Jean Richard, entre otros) considera mucho más probable que fuera disentería, agravada por la falta de agua potable y el calor del verano magrebí.
¿Qué rey organizó la séptima y la octava cruzada?
El mismo: Luis IX de Francia, canonizado como San Luis en 1297.
¿Hubo una cruzada después de la octava?
Sí, la Novena Cruzada (1271-1272), liderada por el futuro Eduardo I de Inglaterra, considerada la última gran cruzada medieval a Tierra Santa.
¿Participaron los templarios en la Octava Cruzada?
Sí, con un papel logístico y de inteligencia militar más que de combate directo: fue el comandante del Temple quien comunicó al ejército cruzado la inminente llegada de la flota de Carlos de Anjou durante el asedio de Túnez.
1. La Primera Cruzada templaria (1096-1099)
2. La Segunda Cruzada templaria (1147-1149)
3. La Tercera Cruzada templaria (1189-1192)
4. La Cuarta Cruzada templaria (1202-1204)
5. La Quinta Cruzada templaria (1217-1221)
6. La Sexta Cruzada templaria (1228-1229)
7. La Séptima Cruzada templaria (1248-1254)
8. La Octava Cruzada templaria (1270)
9. La Novena Cruzada templaria (1271-1272)




