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La sexta cruzada templaria (1228-1229)

Lo que necesitas saber

La Sexta Cruzada (1228-1229) es la gran paradoja del movimiento cruzado: la única que recuperó Jerusalén la dirigió un emperador excomulgado, sin apenas ejército y sin bendición del papa. Federico II no venció con la espada, sino aprovechando que el enemigo estaba partido por una guerra civil ayubí: el sultán Al-Kamil le entregó la ciudad —la misma que había ofrecido en vano en la Quinta Cruzada— para no combatir en dos frentes. Pero fue una Jerusalén sin murallas e indefendible: los templarios condenaron el trato, el patriarca puso la ciudad bajo interdicto y quince años después se perdió para siempre. La cruzada que "ganó" fue, en el fondo, un espejismo diplomático.

De las nueve cruzadas, solo una devolvió Jerusalén a manos cristianas. Y la protagonizó el hombre que menos encajaba en el papel de campeón de la fe: un emperador al que el propio papa había excomulgado, que no libró una sola batalla y al que, cuando abandonó Tierra Santa, la muchedumbre despidió lanzándole vísceras podridas. La historia suele contarla como el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza, «la cruzada de la diplomacia». Es una lectura bonita y engañosa.

Lo que de verdad ocurrió entre 1228 y 1229 no fue un milagro de la negociación, sino una jugada oportunista sobre un enemigo dividido, que produjo una victoria tan frágil que se deshizo en quince años. Vale la pena contarla como fue, porque explica mejor que ninguna otra cómo funcionaban de verdad las cruzadas: no por fe, sino por cálculo.

mapa sexta cruzada templaria

Un cruzado excomulgado: la paradoja que la Iglesia nunca digirió

Federico II de HohenstaufEmpecemos por lo más incómodo. Federico II de Hohenstaufen partió hacia Tierra Santa en 1228 estando excomulgado. El papa Gregorio IX lo había expulsado de la Iglesia por no haber cumplido antes su voto de cruzada —había zarpado en 1227 y una epidemia a bordo lo obligó a volver a los pocos días—. Roma no lo creyó y lo castigó.

Papa Gregorio IX

El resultado es un absurdo teológico que ningún relato piadoso resuelve: la Iglesia estaba enviando anatemas contra el único líder que iba a lograr el objetivo por el que se predicaban las cruzadas desde hacía 130 años. Cuando Federico recuperó Jerusalén, Gregorio IX no lo celebró: lo volvió a excomulgar, ahora por haberla recuperado mal, negociando con el infiel en lugar de combatirlo. El papado prefería una Jerusalén musulmana conquistada por un obediente a una Jerusalén cristiana ganada por un díscolo. Ese detalle dice más sobre la naturaleza real de las cruzadas —instrumentos de poder, no solo de fe— que cualquier crónica de batallas.

El trono que ganó por una boda y perdió por una muerte

Isabel de Brienne y Federico IIConviene explicar de dónde salía el derecho de Federico a la corona de Jerusalén, porque no lo tenía de nacimiento: lo consiguió con una boda. En 1225 se casó con Isabel (Yolanda) de Brienne, heredera del trono de Jerusalén e hija de Juan de Brienne —el mismo rey que en la Quinta Cruzada había querido aceptar la oferta de Al-Kamil y fue desautorizado—. El enlace se selló en la catedral de Brindisi el 9 de noviembre de 1225.

Y aquí asoma el Federico real, muy lejos del cruzado idealista. El mismo día de la boda exigió para sí todos los derechos sobre el reino y apartó a su suegro, que había pactado seguir siendo rey hasta su muerte. Juan de Brienne se quedó sin corona de un plumazo. Pero la jugada le duró poco: Isabel murió en abril de 1228, con apenas dieciséis años, al dar a luz a su hijo Conrado. Con ella murió también su derecho: desde ese momento Federico ya no era rey por matrimonio, sino simple regente en nombre de un bebé. Cuando se corone en Jerusalén en 1229 lo hará sobre un título que legalmente ya no le pertenecía, y los barones de Tierra Santa no se lo perdonarán.

Por qué Al-Kamil regaló Jerusalén (y no fue por la labia de Federico)

La versión romántica atribuye el éxito a la astucia de Federico, a su árabe fluido y a su amor por la cultura islámica. Todo eso es cierto y ayudó al tono de las conversaciones, pero no fue la causa. La causa fue que el enemigo estaba en plena guerra civil.

Al kamil en la sexta cruzadaEl mundo ayubí, el imperio que había fundado Saladino, se había fragmentado entre sus herederos. El sultán de Egipto, Al-Kamil —que, conviene precisarlo porque circula mal incluso en las webs de referencia, era sobrino de Saladino, hijo de su hermano Al-Adil, y no su nieto—, estaba enfrentado a su propio hermano Al-Mu’azzam, señor de Damasco. Al-Kamil había llegado a pedir ayuda militar a Federico contra Damasco. Pero en 1227 Al-Mu’azzam murió de disentería, y Al-Kamil se lanzó a disputar Damasco a su sobrino An-Nasir. Lo último que necesitaba entonces era un ejército cristiano abriéndole un segundo frente en el delta.

Entregar Jerusalén era, para Al-Kamil, el precio barato de la tranquilidad. La ciudad tenía un valor religioso enorme pero un valor militar mínimo: llevaba años sin murallas y era indefendible. Cedía el símbolo para conservar lo que de verdad importaba, Egipto y Damasco. Es exactamente el mismo cálculo que había hecho diez años antes, cuando ofreció Jerusalén al legado Pelagio durante la Quinta Cruzada y este la rechazó. La diferencia no fue Federico: fue que esta vez había una guerra civil que hacía urgente el trato, y un cruzado dispuesto a aceptarlo.

Una Jerusalén de cartón piedra: la letra pequeña del tratado

El acuerdo se firmó en febrero de 1229. Sobre el papel era un triunfo: los cristianos recuperaban Jerusalén, Belén, Nazaret y un corredor hasta la costa. Leído con atención, era un regalo envenenado.

Primero, la ciudad se entregaba desmilitarizada: las murallas estaban derribadas desde 1219 y el tratado prohibía reconstruirlas. Una Jerusalén sin muros, rodeada de territorio musulmán, era imposible de defender ante el primer cambio de humor del sultán siguiente. Segundo, la explanada de las mezquitas —la Cúpula de la Roca y Al-Aqsa— quedaba en manos musulmanas, con libre acceso para el culto islámico. Los cristianos recuperaban la ciudad, pero no su lugar más disputado. Y tercero, la tregua tenía fecha de caducidad: diez años.

Federico consiguió el titular —Jerusalén cristiana— a cambio de firmar su fragilidad. No era una conquista, era un alquiler con letra pequeña. Y como todo alquiler, venció: en 1239 expiró la tregua y la ciudad quedó a merced de la guerra, hasta que en 1244 fue arrasada definitivamente por los jinetes corasmios. El «triunfo de la diplomacia» duró menos que una generación.

Los templarios contra el emperador: la cruzada que partió en dos a las órdenes militares

Aquí está la parte que ninguna versión popular cuenta, y la que más nos interesa. La Sexta Cruzada no enfrentó solo a cristianos contra musulmanes: fracturó a las propias órdenes militares, y esa grieta marcaría el resto de la historia del Temple.

Hermann von Salza

De un lado, los caballeros teutónicos, con su gran maestre Hermann von Salza a la cabeza. Von Salza era el hombre de confianza de Federico: su consejero, su mediador ante el papa desde 1222, y quien lo había convencido de emprender la cruzada e incluso de casarse con Isabel de Brienne. Los teutónicos, que le debían al emperador buena parte de su ascenso, lo apoyaron sin fisuras. Conviene aclararlo porque se confunde a menudo: von Salza no era templario; dirigía la orden rival, y precisamente por eso su lealtad a Federico enfrentó a unas órdenes con otras.

Del otro lado, el Temple y el Hospital condenaron el tratado sin matices. Y no por fanatismo: por criterio militar. Una Jerusalén sin murallas y con la explanada sagrada en manos del enemigo era, para las órdenes que tendrían que defenderla, una trampa mortal. Además, el pacto dejaba fuera las fortalezas de Kerak y Montreal, sin las cuales el reino seguía siendo indefendible. A eso se sumaba el escrúpulo religioso: no podían servir a las órdenes de un excomulgado. Federico intentó sortearlo nombrando mandos aparte para que templarios y hospitalarios los siguieran sin obedecerle a él directamente, pero la mayoría simplemente se mantuvo al margen, dejando que solo los teutónicos escoltaran al emperador. Los templarios llevaban un siglo sobre el terreno; sabían leer un mapa mejor que un emperador de paso.

La autocoronación y el barro de Acre

El episodio final resume toda la cruzada. El 18 de marzo de 1229, Federico entró en Jerusalén y se coronó rey en la iglesia del Santo Sepulcro. Pero como estaba excomulgado y la ciudad bajo interdicto, ningún clérigo quiso oficiar. Así que el emperador cogió la corona del altar y se la puso él mismo. Una coronación sin Iglesia, sin bendición, sin testigos eclesiásticos: la imagen perfecta de un triunfo que nadie salvo él reconocía.

El desenlace fue aún más elocuente. Cuando el 1 de mayo Federico intentó salir discretamente de Acre para volver a Italia —donde el papa, aliado con la Liga Lombarda, estaba invadiendo sus tierras—, la gente lo reconoció al pasar por el mercado de la carne y lo apedreó con vísceras y tripas podridas. El hombre que acababa de recuperar Jerusalén salió de Tierra Santa cubierto de casquería, abucheado por los mismos cristianos a los que había devuelto la ciudad santa. Pocas veces una victoria ha sido despedida con tanto desprecio.

sexta cruzada negocacion del acuerdo

Lo que la leyenda no te cuenta

La Sexta Cruzada se recuerda como la prueba de que la diplomacia podía lograr lo que la guerra no. Es media verdad. Federico II sí demostró algo importante —que se podía cruzar sin el papa, un precedente que aprovecharían después Luis IX y Eduardo I—, pero su «éxito» se apoyó en una circunstancia irrepetible: un enemigo tan ocupado en su propia guerra civil que prefería regalar el símbolo antes que defenderlo. Cuando esa circunstancia pasó, el castillo de naipes se vino abajo.

Y para los templarios fue una lección amarga de la que ya hemos visto el germen en la Quinta: podían tener razón, podían leer el terreno mejor que nadie, y aun así ser arrollados por decisiones tomadas por encima de ellos. Esa distancia entre el soldado que sabe y el poder que decide es la herida que recorre toda la historia del Temple, y es el corazón de mi novela La última guardia, donde esa lealtad lúcida y maltratada se convierte en el eje de todo.

La Sexta Cruzada dejó a los templarios una certeza incómoda: tener razón no basta cuando el poder decide por ti. Esa tensión —el caballero que ve venir el desastre y obedece igual— es el corazón de La última guardia, mi novela sobre los últimos templarios. Si quieres empezar a leerla, descarga gratis los tres primeros capítulos y entra en la historia.

Preguntas frecuentes sobre la Sexta Cruzada

¿Por qué la Sexta Cruzada se considera la "cruzada diplomática"?

Porque recuperó Jerusalén mediante un tratado, no mediante una batalla. En febrero de 1229 Federico II y el sultán Al-Kamil firmaron un acuerdo que devolvía la ciudad a los cristianos sin combate. El matiz que suele omitirse es que no fue solo habilidad negociadora: Al-Kamil cedió porque estaba en plena guerra civil ayubí y no quería un segundo frente.

¿Por qué estaba excomulgado Federico II si iba a una cruzada?

El papa Gregorio IX lo había excomulgado en 1227 por no cumplir a tiempo su voto de cruzada, tras volverse atrás por una epidemia. Federico partió igualmente en 1228, aún excomulgado, y cuando recuperó Jerusalén el papa lo volvió a excomulgar por haberlo hecho negociando con los musulmanes en vez de combatirlos.

¿Era Al-Kamil nieto de Saladino?

No. Al-Kamil era sobrino de Saladino, no su nieto: era hijo de Al-Adil, hermano de Saladino. Es un error que se repite en muchas fuentes. Fue el mismo sultán que ofreció Jerusalén durante la Quinta Cruzada y que la entregó a Federico II en 1229.

¿Qué papel jugaron los templarios en la Sexta Cruzada?

Los templarios, junto con los hospitalarios, condenaron el tratado por considerar indefendible una Jerusalén sin murallas y con la explanada de las mezquitas en manos musulmanas. La relación con Federico II fue tan hostil que el emperador llegó a asediar el castillo templario de Acre en abril de 1229.

¿Cuánto tiempo conservaron los cristianos Jerusalén?

Muy poco. La tregua era de diez años y la ciudad quedaba sin murallas, imposible de defender. Al expirar el acuerdo en 1239 la situación se deterioró, y en 1244 Jerusalén fue arrasada definitivamente por los jinetes corasmios, aliados de Egipto. El triunfo diplomático apenas duró una generación.

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