Lo que necesitas saber
La Séptima Cruzada (1248-1254) es la que canonizó a un rey derrotado y estuvo a punto de aniquilar a la Orden del Temple. En la batalla de Mansura (1250), la carga temeraria de Roberto de Artois, hermano de Luis IX, metió a la vanguardia templaria en una trampa: de 280 caballeros del Temple apenas escapó un puñado con vida, y el maestre Guillermo de Sonnac cayó semanas después. Luis IX —el futuro San Luis— acabó capturado con todo su ejército y hubo que pagar un rescate colosal. Y la consecuencia más duradera fue involuntaria: el desastre hundió a los ayubíes y parió el Sultanato Mameluco de Baibars, que en cuarenta años borraría a los cruzados —y a los templarios— de Tierra Santa.
La historia recuerda a Luis IX de Francia como San Luis: el rey piadoso, el cruzado modelo, el único monarca de la cristiandad occidental elevado a los altares. Lo que esa aureola tapa es que dirigió una de las mayores catástrofes militares de la Edad Media, se dejó capturar con su ejército entero, y que en el camino la Orden del Temple sufrió la peor sangría de su historia hasta entonces. No lo vas a leer así en casi ninguna parte, porque contar la Séptima Cruzada como el fracaso de un santo es incómodo.
Pero es lo que fue. Y para quien le interesan los templarios, esta es una de las cruzadas capitales: en un solo día, en las calles de una ciudad del delta del Nilo, la flor del Temple se dejó matar por la vanidad de un príncipe francés. Para entender ese día, conviene empezar por cómo se llegó hasta él.
Por qué hubo una Séptima Cruzada: 1244, el año que lo desencadenó todo
En 1244 la cristiandad encajó dos golpes casi seguidos. En agosto, Jerusalén —la que Federico II había recuperado sin luchar en la Sexta Cruzada— volvió a caer, esta vez arrasada por los jinetes corasmios, aliados de Egipto, que masacraron a sus habitantes cristianos. Dos meses después, en octubre, el ejército franco fue aniquilado en la batalla de La Forbie, cerca de Gaza: más de mil caballeros muertos, buena parte de ellos templarios y hospitalarios. Fue el mayor descalabro cristiano en Oriente desde Hattin, medio siglo antes. Los estados cruzados, al borde del colapso, suplicaron ayuda a Occidente.
El papa Inocencio IV respondió convocando la cruzada en el Concilio de Lyon de 1245. Pero la respuesta europea fue tibia y muy reveladora: esta ya no fue una empresa de toda la cristiandad, sino casi un asunto exclusivamente francés. El emperador Federico II, de nuevo excomulgado y en guerra abierta con el papado, no acudió —y según acusaciones de la época incluso habría avisado al sultán de Egipto de lo que se preparaba—. Inglaterra tampoco se movió. Que la mayor potencia del momento se quedara en casa dice mucho sobre cómo el fervor cruzado se estaba apagando en Europa.
Quien tomó la cruz fue Luis IX de Francia, que ya había hecho el voto en diciembre de 1244 tras una enfermedad grave de la que salió convencido de que Dios lo había salvado para esto. Lo acompañarían sus hermanos —Roberto de Artois, Alfonso de Poitiers y Carlos de Anjou— y la flor de la nobleza francesa. Y lo preparó a su manera: tres años de planificación milimétrica. Levantó un puerto entero, Aigues-Mortes, para embarcar a su ejército; almacenó grano y vino en Chipre para la travesía; dejó el reino en manos de su madre, Blanca de Castilla; y pactó una tregua con Inglaterra para no exponer Francia. Nada quedó al azar. Lo que ningún plan preveía era que el enemigo no sería el sultán, sino el Nilo y la soberbia de su propio hermano.
Damieta fácil, Egipto imposible: el error que ya se había cometido
Antes de la sangre, conviene responder a la pregunta obvia: si el objetivo era Jerusalén, ¿por qué el ejército desembarcó en Egipto? Porque Jerusalén, perdida de nuevo en 1244, era un premio envenenado —una ciudad casi sin murallas, rodeada de territorio musulmán, que ya se había recuperado y vuelto a perder en la Sexta Cruzada—. La doctrina cruzada llevaba treinta años clara: quien dominara Egipto, el corazón económico y militar de los ayubíes, dictaría el precio de Tierra Santa. Por eso Luis apuntó al delta del Nilo y no a la Ciudad Santa.
El problema es que ese plan —tomar Egipto para forzar Jerusalén— era calcado del de la Quinta Cruzada, treinta años antes, que había terminado en desastre. Nadie pareció recordarlo. Y la primera parte, además, salió engañosamente bien.
El ejército desembarcó en Egipto en junio de 1249 y Damieta cayó casi sin combatir: la guarnición huyó presa del pánico, sin siquiera incendiar los pontones de acceso, y los cruzados ocuparon la ciudad con las murallas intactas. Comparado con los quince meses de asedio que había costado en la Quinta, fue un paseo. Pero, igual que entonces, esa victoria fácil fue la trampa. Adentrarse en el delta significaba pelear contra la geografía: los brazos del Nilo, la crecida anual, el fango, y unas líneas de suministro que la flota fluvial egipcia podía cortar cuando quisiera. La lección que Egipto ya había dado una vez seguía sin aprenderse: se puede tomar Damieta, pero no se puede tomar el Nilo.
Aun así, hubo una larga espera antes de la catástrofe. Los cruzados pasaron casi seis meses en Damieta, aguardando a que bajara la crecida del Nilo y a que llegara el contingente del hermano del rey, Alfonso de Poitiers. Solo en noviembre de 1249 emprendieron por fin la marcha hacia El Cairo, Nilo arriba y a paso de tortuga. En esos mismos días moría el sultán ayubí al-Salih; su viuda, Shajar al-Durr, y el general Fajr al-Din ocultaron la muerte para no hundir la moral de las tropas y continuaron la guerra sin pausa. Tras un mes de avance penoso, el ejército de Luis llegó frente al campamento egipcio, junto a la ciudad de Mansura, separado de él por un brazo del Nilo. Y ahí quedó clavado seis semanas, cañoneándose de orilla a orilla sin que ninguno de los dos bandos pudiera cruzar. El estancamiento parecía total, hasta que un desertor local le ofreció a Luis una salida.

La carga suicida de Mansura: cómo murió la flor del Temple
La salida era un vado: un punto donde se podía cruzar el brazo del Nilo y caer sobre el campamento egipcio por sorpresa. El 8 de febrero de 1250, la vanguardia —los templarios y los caballeros ingleses de Guillermo Longespée, con Roberto de Artois, hermano del rey, al mando— cruzó de madrugada y arrolló el campamento enemigo. El propio general Fajr al-Din murió en el primer choque. Hasta ahí, un éxito rotundo.
Entonces Artois cometió el error que lo definiría. Los egipcios huyeron hacia el interior de Mansura, y él, embriagado por la victoria, quiso perseguirlos y tomar la ciudad sin esperar al grueso del ejército, que aún no había cruzado. Los mandos de las órdenes militares le advirtieron que era una locura entrar en una ciudad desconocida con un puñado de hombres. Según las crónicas, Artois los acusó de cobardía. Y cargó.
Al otro lado esperaba un comandante mameluco que aún no era famoso: Baibars. En vez de defender las puertas, las mandó abrir. Los cruzados entraron en tromba creyendo la ciudad desierta, y se encontraron atrapados en un laberinto de calles estrechas donde la caballería pesada no podía maniobrar. Se cerró la trampa. Desde tejados y esquinas los aniquilaron uno a uno.
El resultado para el Temple fue una carnicería sin precedentes. De los 280 caballeros templarios que cargaron en la ciudad, casi ninguno salió con vida: el propio gran maestre, Guillermo de Sonnac, se abrió paso a espada fuera de Mansura con apenas dos de sus hombres, y perdió un ojo en el intento. Roberto de Artois murió. Guillermo Longespée murió. La vanguardia entera de la cruzada quedó sepultada en aquellas calles antes del mediodía. Fue, en un solo golpe, la mayor pérdida de caballeros que el Temple había sufrido nunca.
El pecado de Artois: cuando la vanidad manda sobre el oficio
Conviene detenerse en el porqué, porque no fue mala suerte: fue un patrón. Roberto de Artois no era un incompetente cualquiera, era el hermano del rey, joven, valiente y ávido de gloria personal. Y precisamente por eso ignoró a los únicos que sabían lo que hacían.
Los templarios llevaban 130 años combatiendo en aquel terreno. Sabían que una ciudad «abandonada» que te abre las puertas es una trampa, no un regalo. Se lo dijeron. Artois lo interpretó como que querían robarle la gloria o prolongar la guerra por interés, y los tachó de cobardes. El desprecio del noble hacia el soldado profesional —la certeza de que el valor sustituye al criterio— es lo que mató a la vanguardia. Es exactamente la misma herida que recorre toda la historia del Temple: caballeros que sabían leer el terreno mejor que nadie, subordinados una y otra vez a señores que solo entendían de honor y prisa. En Mansura esa herida se volvió mortal.
Guillermo de Sonnac, el maestre que nadie recuerda
Ponte a prueba: ¿sabrías nombrar al gran maestre del Temple que combatió en esta cruzada? Casi nadie puede, y ese olvido es injusto, porque estuvo en el corazón mismo del desastre. Se llamaba Guillermo de Sonnac.

Conviene fijar el nombre, porque el periodo se presta a confusión. El maestre más célebre de aquellas décadas, Hermann von Salza, no era templario sino de la Orden Teutónica —y además había muerto en 1239, así que no pudo estar aquí—. Quien dirigía realmente el Temple en Egipto era Sonnac, un nombre que la memoria popular ha dejado caer pese a lo que hizo. Tras perder un ojo en Mansura no se retiró: siguió combatiendo, ya tuerto, hasta la batalla de Fariskur, donde perdió también el otro ojo y fue rematado.. Murió el 6 de abril de 1250, dirigiendo hasta el final los restos de una orden que él mismo había visto casi desaparecer dos meses antes. Que se recuerde antes la santidad del rey que el sacrificio del maestre dice bastante sobre qué partes de esta historia han llegado hasta nosotros.
San Luis: la paradoja del santo derrotado
Y llegamos al hombre que dio nombre a todo esto. Luis IX es el único rey de la Europa occidental canonizado, venerado como dechado de virtud cristiana. La realidad de su cruzada es bastante menos luminosa.
Para financiarla, en 1248 expulsó a todos los judíos de Francia y confiscó sus bienes, además de exprimir a la Iglesia y a decenas de ciudades con impuestos extraordinarios. Y el desenlace de su campaña, ya lo hemos visto, fue el peor imaginable: tras Mansura, con el ejército devastado por el hambre y la disentería y cortada la retirada a Damieta, ordenó replegarse demasiado tarde. El 6 de abril de 1250 el rey de Francia fue capturado, él mismo enfermo de disentería, junto con lo que quedaba de su ejército. Hubo que pagar un rescate de 400.000 libras tornesas y devolver Damieta para liberarlo.
Lo que salva su figura no es el resultado —un desastre absoluto— sino la conducta: liberado, no huyó a Francia entre el descrédito, sino que se quedó cuatro años más en Tierra Santa refortificando Acre, Sidón, Jafa y Cesarea. Esa dignidad en la derrota, más que ninguna victoria, es lo que acabó llevándolo a los altares en 1297. El santo no lo es por triunfar, sino por cómo encajó el fracaso. Pero fracaso fue, y de los grandes.
El fracaso que parió a los mamelucos — y al verdugo del Temple
La consecuencia más importante de la Séptima Cruzada no fue militar ni ocurrió en el bando cristiano. Ocurrió dentro del enemigo, y cambió la historia de Oriente Próximo para siglos.
Ya vimos que el sultán al-Salih —hijo de aquel Al-Kamil que había entregado Jerusalén en la Sexta— murió en plena campaña. Su hijo y sucesor, Turan Shah, apenas duró unas semanas: en mayo de 1250, los mismos soldados esclavos que habían destrozado a los cruzados en Mansura, los mamelucos, lo asesinaron y tomaron el poder. Nacía el Sultanato Mameluco de Egipto. Y entre aquellos oficiales estaba Baibars, el que había cerrado la trampa de Mansura, futuro sultán y el enemigo más implacable que tendrían jamás los estados cruzados.
Aquí está la ironía que ninguna crónica piadosa subraya: al hundir a la dinastía ayubí, relativamente tolerante y dispuesta a negociar, la cruzada de Luis IX despejó el camino a un poder mucho más duro y decidido a expulsar a los cristianos sin pactos. Baibars y sus sucesores irían tomando una a una las plazas cruzadas hasta la caída de Acre en 1291, el final de la presencia templaria en Tierra Santa. Dicho de otro modo: el rey santo, sin quererlo, engendró al verdugo del Temple
Lo que la leyenda no te cuenta
La Séptima Cruzada se recuerda envuelta en la santidad de Luis IX, y esa aureola ha borrado lo esencial: fue un desastre que decapitó al Temple por la vanidad de un príncipe, y que a la larga creó al poder que acabaría con los cruzados. La historia que merece contarse no es la del rey camino de los altares, sino la de los 275 templarios que no volvieron de Mansura porque un noble los llamó cobardes.
Esa distancia entre el soldado que sabe y el poder que decide —y que lo malgasta— es la herida que late en toda la historia de la Orden, y es el corazón de mi novela La última guardia, ambientada en los años finales del Temple, cuando esa lealtad lúcida y maltratada se enfrentó a su última prueba.
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Preguntas frecuentes sobre la Séptima Cruzada
¿Quién dirigió la Séptima Cruzada?
El rey Luis IX de Francia, el futuro San Luis. Fue quien la organizó, la financió y la encabezó personalmente entre 1248 y 1254, con el objetivo de conquistar Egipto para forzar la recuperación de Jerusalén.
¿Qué pasó con los templarios en la batalla de Mansura?
Sufrieron una masacre. La vanguardia templaria, arrastrada por la carga temeraria de Roberto de Artois hacia el interior de la ciudad, quedó atrapada en las calles y fue aniquilada: de unos 280 caballeros del Temple apenas escapó un puñado con vida, y el gran maestre Guillermo de Sonnac perdió un ojo (moriría semanas después en Fariskur). Fue la mayor pérdida de caballeros del Temple hasta ese momento.
¿Quién era el gran maestre del Temple en la Séptima Cruzada?
Guillermo de Sonnac. Conviene no confundirlo con Hermann von Salza, el célebre maestre de la Orden Teutónica —no del Temple—, que además había muerto en 1239. Sonnac fue herido en Mansura y murió semanas después en la batalla de Fariskur, en abril de 1250.
¿Es cierto que capturaron al rey de Francia?
Sí. Tras el desastre de Mansura y una retirada catastrófica, Luis IX fue capturado el 6 de abril de 1250, enfermo de disentería, junto con lo que quedaba de su ejército. Fue liberado tras pagar un rescate de 400.000 libras tornesas y devolver Damieta.
¿Por qué es importante la Séptima Cruzada?
Por su consecuencia inesperada: el desastre hundió a la dinastía ayubí y provocó el ascenso del Sultanato Mameluco en 1250, con Baibars entre sus líderes. Fueron los mamelucos quienes acabarían expulsando definitivamente a los cruzados de Tierra Santa con la caída de Acre en 1291.
1. La Primera Cruzada templaria (1096-1099)
2. La Segunda Cruzada templaria (1147-1149)
3. La Tercera Cruzada templaria (1189-1192)
4. La Cuarta Cruzada templaria (1202-1204)
5. La Quinta Cruzada templaria (1217-1221)
6. La Sexta Cruzada templaria (1228-1229)
7. La Séptima Cruzada templaria (1248-1254)
8. La Octava Cruzada templaria (1270)
9. La Novena Cruzada templaria (1271-1272)





