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La cuarta cruzada templaria (1202-1204)

Lo que necesitas saber

La Cuarta Cruzada (1202-1204) es la única de las nueve en la que el Temple no participó. Nunca llegó a Jerusalén: se desvió por una deuda con Venecia y terminó atacando Zara, una ciudad cristiana, lo que le costó al ejército cruzado la excomunión del propio Papa que había convocado la cruzada. Después vino la promesa de un trono bizantino que le costó la vida a Alejo IV y acabó en el saqueo de Constantinopla, la capital de la cristiandad oriental. Mientras tanto, el gran maestre Philippe du Plessis mantuvo a la Orden al margen de todo. El protagonismo templario aquí está, precisamente, en su ausencia.

Las tres cruzadas anteriores tienen al Temple en el centro: un maestre ejecutado en público, una disciplina que salvó una batalla, un fracaso como gobernantes en Chipre. La Cuarta Cruzada es distinta, y por eso es la más reveladora de las nueve: aquí el protagonismo templario está en su ausencia. Mientras cruzados y venecianos asaltaban una ciudad cristiana, traicionaban a un emperador y saqueaban la capital de la cristiandad oriental, el Temple se mantuvo al margen, y esa decisión dice más sobre la Orden real que cualquier batalla. Soy novelista del Temple, y esta es la cruzada donde el mito colectivo de las cruzadas se derrumba solo, sin que el Temple tenga que estar presente para desmontarlo.

mapa de la cuarta cruzada

Los motivos: de Jerusalén a la factura de Venecia

La Cuarta Cruzada arrancó, como las anteriores, con la promesa de recuperar Jerusalén. La diferencia es que esta vez el objetivo se perdió por el camino antes incluso de zarpar. Los cruzados encargaron a Venecia una flota para 33.500 hombres y se comprometieron a pagar 85.000 marcos de plata. Cuando llegó la hora de embarcar, se presentaron muchos menos cruzados de los previstos, y el dinero recaudado ni de lejos cubría la factura. El dogo Enrico Dandolo vio la oportunidad: si los cruzados no podían pagar en metálico, pagarían en servicios militares. Fue el primer paso de una cadena que acabaría muy lejos de Jerusalén.

Dogo Enrico Dandolo

Conviene detenerse en Dandolo, porque su figura desmonta cualquier imagen romántica de esta cruzada. Tenía 92 años y estaba ciego, y no era un caballero movido por la fe: era el jefe de Estado de una potencia comercial que vio en la deuda de los cruzados la oportunidad de su vida. Aun así, subió personalmente a una galera en el asalto final a Constantinopla y dirigió la operación con más determinación que cualquier líder cruzado más joven. No luchaba por Jerusalén: luchaba por el monopolio comercial de Venecia en el Mediterráneo oriental, y lo consiguió.

Bonifacio de Montferrat

bonifacio de monferrat El mando de la expedición recayó en Bonifacio de Montferrat, elegido en 1201 tras la muerte repentina del líder original, el conde Teobaldo III de Champaña. Bonifacio no era veneciano ni tenía deuda alguna con Dandolo, pero sí vínculos familiares con la corte bizantina, lo que lo convirtió, sin que nadie lo dijera abiertamente, en la bisagra perfecta entre los intereses comerciales de Venecia y la tentación política de intervenir en Constantinopla.

Zara: la primera traición, y la excomunión que le siguió

En noviembre de 1202, la flota cruzada atacó Zara, en la costa dálmata, una ciudad cristiana, súbdita del rey de Hungría, que se había rebelado contra el dominio veneciano. Fue el primer ataque de un ejército cruzado contra una ciudad católica en la historia de las cruzadas. El papa Inocencio III, que había convocado esta misma cruzada, excomulgó a todo el ejército en cuanto se enteró. Meses después, en febrero de 1203, levantó la excomunión a los cruzados no venecianos, pero la mantuvo sobre Venecia. La cruzada que iba a liberar Jerusalén empezó su andadura con el propio papa condenándola.

No todos los cruzados se plegaron a la desviación, y ese matiz también merece contarse. Simón de Montfort, el mismo que años después dirigiría la cruzada contra los cátaros, se negó a atacar Zara, rompió con el grueso del ejército y, junto a un grupo de nobles y al abad cisterciense de Vaux-de-Cernay, se embarcó por su cuenta hacia Siria para cumplir el voto original. No fue una decisión institucional como la del Temple, sino una objeción personal de un puñado de caballeros, pero confirma que la deriva de esta cruzada no era inevitable ni aceptada por todos: bastantes vieron con claridad, en su momento, que aquello ya no tenía nada que ver con Jerusalén.

Alejo IV: la promesa que no pudo pagar, y que le costó la vida

Alejo IV Angelo

En Zara apareció Alejo Ángel, hijo del emperador bizantino depuesto Isaac II, con una oferta que cambió el rumbo de toda la cruzada: si los cruzados le ayudaban a recuperar el trono de Constantinopla, pagaría su deuda con Venecia, sufragaría el resto de la expedición a Jerusalén y sometería a la Iglesia bizantina a Roma. Los cruzados aceptaron, desviaron la flota, y en julio de 1203 pusieron a Alejo en el trono como Alejo IV. El problema fue que las arcas bizantinas no tenían ni de lejos lo prometido. Alejo IV no pudo pagar, la población de Constantinopla se le echó encima por endeudar la ciudad con extranjeros, y en enero de 1204 un noble bizantino, Alejo Ducas, le arrebató el trono y lo mandó estrangular el 8 de febrero. La promesa que trajo a los cruzados hasta las puertas de Constantinopla fue también la que firmó su sentencia de muerte.

La toma y el saqueo de Constantinopla

Con Alejo IV muerto, los cruzados perdieron su pretexto legal y se quedaron sin la paga prometida, así que decidieron cobrarse la deuda por su cuenta. El 12 de abril de 1204 asaltaron Constantinopla, la ciudad más rica y grande de la cristiandad, defendida ahora por el usurpador Alejo V Ducas. El saqueo duró tres días: iglesias, palacios, la propia Santa Sofía, saqueados de reliquias, oro y manuscritos que en su mayoría acabaron fundidos o repartidos por Europa occidental.

Entre el botín, un símbolo que todavía se puede ver hoy: los cuatro caballos de bronce que coronaban el hipódromo de la ciudad viajaron a Venecia y se instalaron en la fachada de la basílica de San Marcos, donde siguen, ocho siglos después. Ningún otro objeto resume mejor lo que fue esta cruzada: un despojo bizantino convertido en trofeo de la potencia que la organizó para cobrarse una deuda. Alejo V huyó, fue capturado meses después, y los cruzados lo ejecutaron arrojándolo desde lo alto de una columna, como castigo, dijeron, por el asesinato de Alejo IV. La ironía no podía ser mayor: mataron a un emperador para vengar a otro al que ellos mismos habían puesto en el trono por interés.

El Temple que no estuvo: la ausencia que define esta cruzada

Y aquí está el dato que ninguna lista genérica de esta cruzada cuenta: el Temple no participó. El gran maestre de la época, Philippe du Plessis, al frente de la Orden entre 1201 y 1208, mantuvo a los templarios al margen de todo el episodio, ni Zara, ni la traición a Alejo IV, ni el saqueo de Constantinopla. Mientras el resto de la cristiandad armada se desviaba hacia la política bizantina y las deudas venecianas, el Temple siguió centrado en su misión original: en 1205, un año después del saqueo, Du Plessis negoció directamente con al-Adil, hermano de Saladino y sultán ayubí, un acuerdo de paz que garantizó a los peregrinos cristianos acceso a los lugares santos de Jerusalén. No hizo falta ni una espada. De las nueve cruzadas, esta es la única en la que la Orden tuvo el criterio de no subirse al carro, y es, probablemente, su decisión más acertada de todo el periodo.

Consecuencias: el Imperio Latino y el cisma que nunca cerró

La toma de Constantinopla fragmentó el Imperio Bizantino en varios estados sucesores y estableció el Imperio Latino, un experimento de gobierno cruzado sobre territorio griego que sobrevivió, débil y contestado, hasta 1261. No sirvió para nada relacionado con Jerusalén: fue un botín, no una base para la reconquista. Y el daño más profundo no fue militar ni territorial, sino religioso: el saqueo de la capital de la ortodoxia oriental por un ejército que juraba defender la cristiandad abrió una herida entre la Iglesia católica y la ortodoxa que tardó casi ochocientos años en cerrarse, aunque fuera solo en gesto.

En mayo de 2001, Juan Pablo II pidió perdón en Atenas por el saqueo de Constantinopla, y en abril de 2004, coincidiendo con el octavo centenario, el patriarca ecuménico Bartolomé I aceptó la disculpa. Ningún tratado militar de la Edad Media necesitó tanto tiempo para resolverse en un apretón de manos. La Cuarta Cruzada no fracasó por no llegar a Jerusalén. Fracasó porque demostró que ni siquiera hacía falta un enemigo musulmán para que una cruzada se destruyera a sí misma.

Una cruzada diferente

Con esta cruzada cambia el patrón que veníamos siguiendo: las cinco que quedan ya no se libran, casi nunca, cerca de Jerusalén. Egipto, Túnez, el norte de África se convierten en el nuevo escenario, y el objetivo original se difumina cada vez más entre intereses cruzados entre sí. La Quinta Cruzada, la siguiente de la lista, es la prueba de ese giro.

 Cuando escribí La última guardia, no quería una novela de Grial ni de tesoros ocultos, sino la historia de un caballero del Temple tal como pudo ser de verdad: con sus dudas, su lealtad y el peso de un mundo que se apaga a su alrededor. Si has llegado hasta aquí buscando a los templarios sin mitos, creo que es exactamente la novela que estás buscando.

 

Preguntas frecuentes sobre la Cuarta Cruzada

¿Participaron los templarios en la Cuarta Cruzada?

No. Es la única de las nueve cruzadas en la que la Orden no tomó parte. El gran maestre Philippe du Plessis mantuvo al Temple al margen del ataque a Zara y del saqueo de Constantinopla, centrado en negociar directamente con al-Adil el acceso de peregrinos a Jerusalén.

¿Por qué el Papa excomulgó a los cruzados de la Cuarta Cruzada?

Porque en noviembre de 1202 atacaron Zara, una ciudad cristiana, para pagar su deuda con Venecia. El papa Inocencio III, que había convocado la cruzada, los excomulgó. En febrero de 1203 levantó la excomunión a los no venecianos, pero la mantuvo sobre Venecia.

¿Por qué la Cuarta Cruzada terminó saqueando Constantinopla en vez de liberar Jerusalén?

Por una cadena de deudas y promesas incumplidas: primero con Venecia por el coste de la flota, después con Alejo IV, que prometió pagar a cambio de recuperar el trono bizantino y no pudo cumplir. Cuando lo asesinaron en enero de 1204, los cruzados asaltaron la ciudad para cobrarse por la fuerza lo que se les debía.

¿Se ha disculpado alguna vez la Iglesia católica por el saqueo de Constantinopla?

Sí. En mayo de 2001, el papa Juan Pablo II pidió perdón en Atenas, y en abril de 2004, en el octavo centenario del saqueo, el patriarca ecuménico Bartolomé I aceptó formalmente la disculpa.

¿Todos los cruzados apoyaron el ataque a Zara y Constantinopla?

No. Un grupo liderado por Simón de Montfort, después líder de la cruzada contra los cátaros, se negó a atacar Zara y se separó del ejército principal para llegar a Tierra Santa por su cuenta.

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