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La tercera cruzada templaria (1189-1192): La de los lideres legendarios

Lo que necesitas saber

  • Fechas: 1189-1192
  • Detonante: la caída de Jerusalén en manos de Saladino (1187), tras el desastre de Hattin
  • Protagonistas: Ricardo Corazón de León, Felipe II de Francia y Saladino
  • El Temple real: un gran maestre, Gérard de Ridefort, ejecutado en público en Acre; disciplina de vanguardia en Arsuf; un intento fallido de gobernar Chipre
  • El dato que no suele contarse: Ricardo viajó de vuelta a Europa disfrazado de templario, y aun así lo capturaron
  • Resultado: tregua de tres años, acceso de peregrinos a Jerusalén — la ciudad no se recuperó

mapa e infografia tercera cruzada

Todo el mundo conoce el cartel de la Tercera Cruzada: Ricardo Corazón de León contra Saladino, dos leyendas midiéndose de tú a tú. Lo que casi nadie cuenta es la parte templaria, y es la más reveladora de las nueve cruzadas: un gran maestre que la pifia dos veces seguidas y acaba decapitado ante las murallas de Acre, una isla que el Temple compra, no sabe gobernar y tiene que devolver entre motines, y una disciplina de hierro en Arsuf que, esa sí, estuvo a la altura del mito. Soy novelista del Temple, y esta es la cruzada donde mejor se mide la distancia entre el templario de leyenda y el templario real — a veces por debajo, a veces por encima.

Recuperar Jerusalem y algo más

La captura de Jerusalén por Saladino fue un golpe devastador para el mundo cristiano y desencadenó un fuerte deseo de recuperar la ciudad santa. También buscaba unificar a los líderes cristianos de Europa en un esfuerzo común. La cruzada contó con la participación de líderes de diferentes naciones europeas, lo que reflejaba un intento de colaboración entre estas potencias. Además de motivaciones religiosas, la cruzada tenía intereses políticos y estratégicos. Algunos líderes cristianos, como Ricardo Corazón de León, estaban interesados en expandir su influencia en Tierra Santa y asegurar el control de las rutas comerciales clave.

El Papa Gregorio VIII instó a la Tercera Cruzada a través de sus bulas papales, llamando a los fieles a unirse a la cruzada para liberar Jerusalén y luchar en defensa de la fe.

Líderes Cruzados: Ricardo Corazón de León y Felipe II de Francia

ricardo corazon de leon

Ricardo Corazón de León

Rey de Inglaterra, emergió como una figura dominante en la Tercera Cruzada, ganándose su apodo por su valentía y destreza en el campo de batalla. Su liderazgo carismático inspiró a sus seguidores y a menudo lo puso en conflicto con otros líderes cristianos, como Felipe II de Francia. A pesar de su ausencia en la captura de Jerusalén, Ricardo Corazón de León dejó una huella perdurable en la historia de las Cruzadas, destacando la complejidad de las dinámicas políticas y militares en la Tierra Santa medieval.

Ricardo se destacó en batallas clave, como la victoriosa Batalla de Arsuf, y su fama como guerrero se convirtió en una parte fundamental de su legado. Sin embargo, su cautiverio en manos del emperador Enrique VI de Alemania durante su regreso a Europa resaltó las tensiones y los desafíos que enfrentaron los líderes cruzados.

felipe II de francia

Felipe II de Francia

Conocido como Felipe Augusto, desempeñó un papel esencial en la Tercera Cruzada, unificando a los líderes cristianos y contribuyendo significativamente a la empresa. Su motivación para unirse a la cruzada era variada, incluyendo el deseo de consolidar su posición como monarca y expandir su influencia en Tierra Santa. Felipe mostró habilidades diplomáticas al forjar alianzas estratégicas con otros líderes cristianos, como Ricardo Corazón de León. Aunque a veces en conflicto con Ricardo y otros líderes, Felipe demostró una dedicación constante en la lucha por Jerusalén y participó activamente en la captura de Acre, una victoria fundamental en la cruzada.

Ricardo y Felipe: una alianza que nunca fue tal cosa

Ricardo de Inglaterra y Felipe Augusto de Francia no se unieron por fe compartida, sino por necesidad compartida, y se odiaron desde el primer día. Felipe llegó buscando prestigio y consolidar su corona; Ricardo, expandir su influencia y controlar rutas comerciales clave. La rivalidad entre ambos —que estallaría en guerra abierta en Europa años después— condicionó cada decisión militar de la campaña, incluida la negativa final a asaltar Jerusalén: Ricardo sabía que no podría defenderla con un ejército que no dejaba de fracturarse por dentro.

saladino en la tercera cruzada templaria

Líder Musulmán: Saladino

Saladino, también conocido como Salah ad-Din Yusuf ibn Ayyub, emergió como un líder musulmán excepcional en la Tercera Cruzada. Su firmeza y habilidades estratégicas se destacaron en la defensa de Jerusalén y en la posterior lucha contra los cruzados. Su objetivo era proteger Tierra Santa de la invasión cristiana, y su unidad de las fuerzas musulmanas bajo su mando le dio una ventaja significativa. A pesar de su posición como el líder enemigo, Saladino ganó el respeto de sus adversarios cristianos, incluyendo a Ricardo Corazón de León, con quien mantuvo un curioso vínculo basado en la admiración mutua y la diplomacia.

Saladino se destacó por su humanidad y clemencia hacia los prisioneros y heridos en el campo de batalla, lo que le valió una reputación de caballerosidad. Su liderazgo en la Tercera Cruzada resalta su habilidad estratégica y su compromiso con la defensa de su tierra natal. 

 

 

El detonante: Cresson, Hattin, y un hombre que condujo a la catástrofe

La Tercera Cruzada nace de un desastre, y ese desastre tiene nombre propio: Gérard de Ridefort, gran maestre del Temple. Dos meses antes de Hattin, en mayo de 1187, lanzó a 140 caballeros —90 de ellos templarios— contra una fuerza musulmana de varios miles en los manantiales de Cresson. Cuando un caballero pidió prudencia, Ridefort le llamó cobarde. Murieron casi todos; a los supervivientes los decapitaron en el sitio. Dos meses después, su misma insistencia en la ofensiva —alimentada, según las crónicas, por una rencilla personal con Raimundo de Trípoli— empujó al ejército cristiano a una marcha sin agua que terminó en la aniquilación de Hattin y la pérdida de la Vera Cruz. Jerusalén cayó semanas después.
Un matiz que conviene dar, porque es puro método antimito: la historiografía más reciente empieza a cuestionar si ese retrato de Ridefort como temerario es fiel o si es la propaganda de una época que ya desconfiaba del Temple. Ni el héroe de leyenda ni el villano de manual: ese es el problema de fondo de casi toda la historia templaria.

 

infografia toma de acre en la tercera cruzada

El asedio de Acre: dos años de cerco y contracerco

Guy de Lusignan, recién liberado por Saladino tras Hattin y casi sin tropas, tomó una decisión casi suicida en agosto de 1189: sitiar Acre con un puñado de hombres, como gesto desesperado para reabrir un frente cristiano. Funcionó, pero no como él esperaba. El cerco se convirtió en un sándwich estratégico: los cruzados asediaban la ciudad mientras el ejército de socorro de Saladino los asediaba a ellos desde fuera.

 Durante casi dos años, la enfermedad mató más que la espada — entre las víctimas, la propia reina Sibila de Jerusalén y sus hijas, muertas de epidemia en 1190, lo que desató una crisis sucesoria entre Guy y Conrado de Montferrato que envenenó el mando cristiano durante meses. La llegada conjunta de Ricardo y Felipe en la primavera de 1191 fue lo que por fin inclinó la balanza: Acre cayó el 12 de julio de 1191.

La nueva capital

Lo que no suele contarse es lo que Acre significó después: se convirtió en la capital de facto del Reino de Jerusalén reducido a franja costera, y lo siguió siendo durante cien años, hasta que cayó definitivamente en 1291 — el mismo asedio final que cuenta Roger Crowley en La torre maldita, que ya tienes en el radar para el artículo de libros. Dos asedios de la misma ciudad, un siglo exacto de diferencia, y el mismo patrón: el Temple y el resto de la cristiandad aferrándose a una plaza que nunca dejó de estar sitiada.

gerard de ridefort

El maestre que murió dos veces: la ejecución pública en Acre

Ridefort fue capturado en Hattin y liberado en 1188 a cambio de entregar una fortaleza templaria. No aprendió nada: volvió a la lucha de inmediato y se unió al asedio de Acre en 1189. Allí lo capturaron por segunda vez, y Saladino lo decapitó el 4 de octubre de 1189, a la vista del ejército cristiano que sitiaba la ciudad — pura guerra psicológica. El hombre que arrastró al Temple a dos catástrofes seguidas murió como advertencia pública, no como mártir de leyenda.

Chipre: cuando el Temple fracasó como gobernante

Este es el episodio que ninguna lista genérica de la Tercera Cruzada cuenta, y es el más antimito de todos. Ricardo conquistó Chipre casi por accidente, de camino a Tierra Santa, y al no poder gobernarla se la vendió al Temple en 1191 por 100.000 bezantes. Para recuperar esa inversión, los templarios impusieron una presión fiscal tan dura que la población se sublevó en la Pascua de 1192, echó a la guarnición templaria de Nicosia y la Orden tuvo que suplicarle a Ricardo que se quedara con la isla de vuelta. Él aceptó — sin devolverles un bezante — y se la entregó a Guy de Lusignan. El Temple, aquí, no es una sociedad secreta ni una orden mística: es un inversor que calculó mal y tuvo que asumir pérdidas.

Arsuf: la disciplina que sí estuvo a la altura del mito

Si Cresson y Hattin son el Temple en su peor versión, Arsuf es la contraria. En la marcha de Ricardo hacia Jaffa, en septiembre de 1191, los templarios formaron la vanguardia bajo el mando de Robert de Sablé, futuro gran maestre, mientras los hospitalarios cubrían la retaguardia, la posición más castigada por el hostigamiento constante de la caballería de Saladino. Aguantaron la provocación sin romper filas hasta que Ricardo dio la orden de carga en el momento exacto. Fue una victoria de disciplina, no de fanatismo: la imagen contraria a la que suele venderse del monje-guerrero impulsivo.

Jaffa: la última carga de Ricardo

5 de agosto de 1192. Alertado de que Saladino atacaba Jaffa por sorpresa, Ricardo cruzó por mar desde Acre con apenas un puñado de hombres y desembarcó directo a la batalla. Bahā al-Dīn, cronista musulmán presente en el combate —fuente hostil, por tanto más creíble en esto—, dejó escrito que vio al rey inglés recorrer, lanza en mano, todo el frente de su ejército sin que un solo soldado se atreviera a salir de la formación para atacarlo. Saladino, furioso, abandonó el campo. Sus fuerzas perdieron 700 hombres y 1.500 caballos.
Aquí es donde conviene aplicar bisturí, no leyenda: la tradición dice que al-Adil, hermano de Saladino, le envió a Ricardo caballos frescos al ver el suyo herido, como gesto de caballerosidad. Pero el propio Bahā al-Dīn afirma que al-Adil ni siquiera estaba en la batalla ese día. Ni el dato que más se repite para ilustrar el mito de la nobleza mutua aguanta el cotejo con la fuente que lo originó.


Por qué Ricardo nunca llegó a asediar Jerusalén

Como hemos dicho antes, Jerusalén cayó en manos de Saladino tras Hattin en 1187, y su recaptura fue el objetivo declarado de toda la cruzada. Pero el dato que casi nunca se cuenta es que los cruzados nunca llegaron a asediarla. Ricardo alcanzó Beit Nuba, a apenas 12 kilómetros de la ciudad, en enero de 1192 — y ordenó retirarse. Volvió a intentarlo en junio, se plantó a 15 kilómetros, y otra vez dio media vuelta. No fue el mal tiempo ni la falta de valor: Ricardo calculó que aunque tomara Jerusalén, no tendría fuerzas suficientes para defenderla después de que la mayoría de los cruzados regresara a Europa, y una Jerusalén cristiana indefensible era peor que ninguna. La ciudad santa, al final, no se perdió por una defensa heroica de Saladino — se descartó por aritmética militar.

El rey que volvió disfrazado de templario

Cuando Ricardo emprendió el regreso a Europa en octubre de 1192, lo hizo disfrazado de caballero templario. No fue un capricho: viajar bajo la identidad de la Orden era la protección más creíble que existía entonces. No le sirvió de mucho. Naufragó cerca de Aquilea, y en diciembre lo capturaron en una taberna de Erdberg, a las afueras de Viena, hombres del duque Leopoldo de Austria. 

Leopoldo lo entregó al emperador Enrique VI, que pidió un rescate de 150.000 marcos, recaudado a base de impuestos extraordinarios organizados por su madre, Leonor de Aquitania. Ricardo no salió de la cautividad hasta febrero de 1194. El rey más temido de la cruzada tuvo que tomar prestada la identidad del Temple para intentar salvarse. Ni siquiera así lo consiguió.

Conclusiones: lo que de verdad cambió

La Tercera Cruzada no reconquistó Jerusalén, y ese fracaso concreto suele tapar lo que sí cambió. Acre, recuperada tras dos años de asedio, se convirtió en la capital de facto de un Reino de Jerusalén reducido a franja costera, y lo siguió siendo durante un siglo, hasta su caída definitiva en 1291. Todo lo que se ganó en esta cruzada se sostuvo, con más pena que gloria, sobre esa única ciudad.

Del Temple, el balance es agridulce, y es la lección que de verdad importa aquí: un gran maestre que condujo a la Orden a dos catástrofes seguidas y murió decapitado en público; una disciplina de vanguardia en Arsuf que demostró que el mito del monje-guerrero también tenía base real; y un experimento fallido como gobernantes en Chipre que prueba que administrar territorio no era su fuerte, por mucho que se les diera bien defenderlo. Ni villanos ni héroes de manual — la misma conclusión de siempre en esta historia.

Saladino y Ricardo

Y sobre la tregua con Saladino: no fue el pacto entre caballeros que la leyenda del XIX quiso vendernos —ya hemos visto que ni el gesto de caballerosidad más citado aguanta el cotejo con la fuente que lo originó—, sino un acuerdo frío de necesidad mutua: ni Ricardo podía sostener un asedio a Jerusalén con un ejército fracturado, ni Saladino podía seguir sangrando tropas indefinidamente. Tres años de paz, acceso de peregrinos, y cada bando a lamerse las heridas.

La Tercera Cruzada no cerró nada. Sentó el patrón que repetirían las seis cruzadas siguientes: cada una prometía recuperar Jerusalén, y cada una terminaba negociando lo que ya tenía. Ese patrón, no el heroísmo de manual, es la verdadera herencia de estos tres años.

Preguntas frecuentes sobre la Tercera Cruzada

¿Qué papel tuvieron los templarios en la Tercera Cruzada?

Mucho más que combatientes de fondo: su gran maestre, Gérard de Ridefort, condujo a la Orden a dos desastres militares (Cresson y Hattin) antes de ser ejecutado públicamente en Acre; los templarios formaron la vanguardia disciplinada en la victoria de Arsuf; y la Orden compró y gobernó brevemente Chipre, con resultado desastroso.

¿Por qué murió el gran maestre del Temple durante esta cruzada?

Gérard de Ridefort fue capturado por segunda vez durante el asedio de Acre y decapitado por Saladino el 4 de octubre de 1189, a la vista del ejército cristiano, como maniobra de guerra psicológica. Ya había sido responsable de la carga suicida de Cresson y de la derrota de Hattin.

¿Es cierto que los templarios gobernaron Chipre?

Sí, brevemente y con resultado desastroso. Ricardo Corazón de León les vendió la isla en 1191 por 100.000 bezantes. Para recuperar la inversión impusieron impuestos tan duros que la población se rebeló en la Pascua de 1192, expulsó a la guarnición templaria y la Orden tuvo que devolver la isla a Ricardo, que no les reembolsó nada.

¿Es verdad que Ricardo Corazón de León y Saladino se admiraban mutuamente?

Es más leyenda que hecho documentado. La imagen del "enemigo noble" se consolidó en el siglo XIX con la novela El talismán de Walter Scott. Incluso el episodio más citado como prueba de caballerosidad, el envío de caballos a Ricardo en la batalla de Jaffa, atribuido a al-Adil, hermano de Saladino, es dudoso: el propio cronista musulmán Baha al-Din, testigo presencial, afirma que al-Adil ni siquiera estaba en la batalla ese día.

¿Consiguió Ricardo Corazón de León recuperar Jerusalén?

No. La Tercera Cruzada terminó con una tregua de tres años que garantizaba el acceso de los peregrinos cristianos a Jerusalén, pero la ciudad se quedó bajo control de Saladino. Fue un acuerdo diplomático, no una reconquista.

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